La urgencia por decir nosotros

IX La autoexigencia a la que se somete Arguedas tiene como norte afirmar el camino para la construcción de una nación en el Perú. Pero no hay construcción posible si antes no se revaloran la cultura y los hombres andinos. El proceso ya está en marcha y sus protagonistas son los migrantes y campesinos indígenas que en su lucha por la vida actualizan sus tradiciones recreando su cultura, abriéndola a muy distintas influencias. No puede haber garantías sobre el resultado de este proceso. La aculturación y el mestizaje son posibilidades abiertas. En el «Último diario», Arguedas escribe: He sido feliz en mis llantos y lanzazos, porque fueron por el Perú; he sido feliz con mis insuficiencias porque sentía al Perú en quechua y castellano. Y el Perú ¿qué?: todas las naturalezas del mundo en su territorio, casi todas las clases de hombres. Es mucho menos extenso pero más diverso de lo que fue la Rusia antigua. Esos ríos de «tanta y tan crecida hondura», como ya lo sintió Don Pedro Cieza mucho antes de que se hicieran más profundos e intrincados. ¿No sabemos mucho, Emilio Adolfo? Y ese país en que están todas las clases de hombres y naturalezas yo lo dejo mientras hierve con la fuerza de tantas sustancias diferentes que se revuelven para transformarse en una lucha sangrienta de siglos que ha empezado a romper, de veras, los hierros y tinieblas con los que los tenían separados, sofrenándose. Despidan en mí a un tiempo del Perú cuyas raíces estarán siempre chupando jugo de la tierra para alimentar a los que viven en nuestra patria, en la que cualquier hombre no engrilletado y embrutecido por el egoísmo puede vivir, feliz, todas las patrias (Arguedas, 1983a, p. 138). Y esta exigencia continua, metódica, está detrás de la asombrosa fecundidad de su vida. Patente en lo abultado de sus obras, en sus logros literarios y antropológicos, y en la trascendencia de su mensaje y magisterio. Como Mariátegui, Arguedas se vale del deslumbramiento que sus mundos de palabras producen en sus lectores. Gustavo Gutiérrez ha señalado con acierto que Arguedas inundó al Perú de poesía. X Muchas de las fotos de José María Arguedas resultan impactantes. En la figura 1, de 1915, cuando tenía cuatro años, aparece con su padre. José María sale vestido como marinerito, traje que estaba de moda en esa época en todo el mundo. En el padre creo advertir una tristeza profunda; su mirada parece haberse perdido, denotando impotencia, en el absurdo sufrimiento que le produce una realidad que no le permite construir un 272

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