La urgencia por decir nosotros

En las sociedades que nacen de procesos de colonización, la construcción nacional pasa por lograr una «sana» autoestima, por liberar al imaginario de los sentimientos de invalidez y autocompasión que el colonialismo inculca en las sociedades en las que ha logrado enquistarse. Una ideología destinada a producir docilidad en los individuos e impotencia en las colectividades. El colonialismo construye a sus sujetos a partir de discursos como el siguiente, donde he puesto por escrito los tópicos racistas que he escuchado durante tantísimo tiempo: Ustedes valen muy poco o nada, pues todo lo que han creado, y lo que ahora son, no tiene significación trascendente, ni futuro; por lo que, en sentido estricto, no tienen historia; es decir, nada que valga la pena preservar. La única manera en que podrían ser estimables es borrando su pasado, considerándose una hoja en blanco, para, desde allí, imitar lo que verdaderamente vale. Mientras no consigan ser como la gente de la metrópoli, ustedes deben tener vergüenza de esas diferencias que los degradan. Pero lo que deben tener, sobre todo, es voluntad, la firme decisión para limpiarse de esa mancha de salvajismo y barbarie, para dejar de ser lo que son. Hay algunos de ustedes que se parecen más al ideal metropolitano y que ya merecen alguna estima. Ellos son la vanguardia del progreso; son nuestros aliados naturales y los líderes indiscutibles de todos aquellos aún atrapados en el arcaísmo de la diferencia. En la construcción nacional, el papel de los creadores de cultura es clave, pues ellos imaginan y modelan la sustancia mítica, el «alma», que instituye a la colectividad nacional. Es decir, el entramado de valores y actitudes, de modos de ser y gozar, de memorias y proyectos, que se han naturalizado como la «esencia» de una colectividad. Para esta tarea tienen como materia prima las tradiciones y sensibilidades colectivas. Y les toca depurarlas y potenciarlas, hacerlas más atractivas y seductoras, facilitar que la gente se pueda identificar con ellas. En sociedades postcoloniales esta empresa es mucho más ardua, pues exige la resistencia contra la autoridad colonial interiorizada como radical inhabilitación de la diferencia que pasa a ser sinónimo de la desigualdad. En todo caso, la creación cultural está siempre tamizada por la experiencia y la subjetividad del autor. En este sentido, si Arguedas es uno de los creadores del «alma» peruana es porque logra expresar su experiencia de una manera seductora, porque no deja que su peculiaridad sea borrada por la enorme fuerza de la banalidad, por la irresistible presión de los lugares comunes que colonizan el sentido común. 270

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