La urgencia por decir nosotros

atisbar cómo podría combinarse la intensidad del goce con la seguridad y la potencia. VII La reivindicación indigenista de José María Arguedas implica centralmente un rechazo radical del gamonalismo también presente en la propuesta del nacionalismo criollo, aunque en un tono mucho más moderado. Entonces, lo que particulariza al nacionalismo de Arguedas es una reivindicación del valor y la importancia de la cultura andina, pero sin que lleguen a quedar claros los cambios económicos y sociales que esta reivindicación implica. No obstante, por lo pronto, se puede decir que Arguedas se desafilia de la propuesta de Mariátegui, el «socialismo indoamericano». Él no percibe la posibilidad de una transformación socialista del mundo andino, como tampoco una agudización general del tan temido enfrentamiento étnico, de la guerra de castas; y, menos aún, una articulación entre lucha de clases y lucha étnica. Aunque por momentos parece desear cambios violentos y definitivos, ellos no están prefigurados en su obra. Pero, más allá de ocasionales manifestaciones de impaciencia, en sus exploraciones de la realidad del país, cada vez más ambiciosas en sus distintas facetas y obras como narrador y como antropólogo, Arguedas no percibe la inminencia de una revolución socialista. Lo que sí queda muy claro es un renacimiento indígena, la emergencia de una cultura de la migración donde la herencia andina tiene una gravitante presencia. VIII El nacionalismo como creación y apego a una «sustancia mítica», potencialmente por todos compartida, es la fuerza determinante en el engendramiento de una nación, de una colectividad donde la igualdad ante la ley y la solidaridad permiten la intermediación pacífica de los conflictos sociales y la facilitación de los emprendimientos comunes. En una nación, además, mucha de la autoestima de la gente, de la relación de uno consigo mismo, está determinada por la conciencia de pertenecer a una colectividad sentida como valiosa y admirable; es decir, una comunidad orgullosa, que invita a sus miembros a la identificación y al compromiso. Entonces, en una «comunidad imaginaria», como la que describimos, el otro no es demonizado, ni menospreciado, sino valorado como alguien igual a mí. 269

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