deseo de un vínculo que lo naturalice como miembro de la comunidad. Ser un indio más. Pero los indios no pueden tomar en serio ese deseo, pues la suya es una sociedad endogámica. Pese a que Ernesto presiona al Kutu para que se vengue, él es incapaz de alzarse contra don Froilán, pues «endio, no puede». Esta impotencia suscita la cólera y el desprecio de Ernesto, que hostiliza al Kutu y lo impulsa a migrar del pueblo. Ernesto no comprende, menos justifica, la inhibición del Kutu. Se trata de una cobardía inaceptable, algo que lo descalifica como hombre. En este cuento hay un programa que retoma la enseñanza de González Prada cuando señala que los peruanos deberían animar a los indios a gastar en pólvora lo que dilapidan en fiestas, pues la lucha y el enfrentamiento serían la única manera de escarmentar a sus opresores y reconquistar su dignidad. El «inconsciente político» del relato es que en la lucha por la emancipación de la servidumbre es clave el papel de los señores desafectos en tanto no transijan con la autocompasión del indio, pues ella está en la raíz de la perpetuación del gamonalismo. Este rechazo de la autocompasión y del sentimiento de impotencia implica una actitud «intolerante», poco comprensiva, de parte de Ernesto. En verdad, el Kutu está paralizado por el miedo que se podría sentir frente a un ser superior, omnipotente. Pero como el Kutu quiere a Ernesto, y le resulta insufrible que le saque en cara su cobardía, pretende comprar su silencio, y su buena voluntad, ofreciéndole los favores de Jacinta. Esta propuesta no hace más que intensificar el desprecio y rechazo de Ernesto por el Kutu. Entregar a su prometida es un intento de convertir a Ernesto en cómplice, en la línea de: «A cambio de que ignores mi cobardía yo te daré mi mujer e ignoraré tu inconsecuencia, los dos seremos culpables de algo». Así el sistema podría perpetuarse, pues el Kutu corrompería la indignación justiciera de Ernesto. En realidad, en este primer relato, escrito a los veintidós años, Arguedas no da una impresión muy halagüeña del mundo indio. Está demasiado corroído por la autocompasión y la impotencia y no puede defenderse. Y dicha dinámica debe rechazarse. En «Agua» la situación es diferente. Ya hay quien se enfrente a la arbitrariedad del patrón. Surge la figura de un líder indígena que es capaz de aglutinar el odio y la resistencia contra la arbitrariedad del gamonal. Y es muy significativo que ese líder sea un joven que ha viajado a la costa y ha aprendido que los indios tienen derechos que los señores deberían respetar. Entonces ha redescrito la situación: el abuso no es algo natural; es 267
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