La urgencia por decir nosotros

él se considera blanco pero desterrado, por el desamor, a una comunidad diferente a la suya. Y allí es acogido como alguien que está en una suerte de limbo. Entonces, las identificaciones del niño Arguedas son parciales pues, desterrado de la comunidad a la que pertenece, es acogido por aquella en la que no puede integrarse. Los vínculos son entonces frágiles y difíciles de conjugar, y dejan como saldo una terrible inseguridad sobre su situación. ¿A qué mundo pertenece? ¿Al de origen que lo rechaza o al que lo acoge como extranjero? No puede haber una respuesta precisa. Y aquí bien podría estar la raíz de su nacionalismo indígena. El deseo de conjugar ambos mundos. Pero, igualmente, el rencor hacia quienes lo negaron y la gratitud a quienes lo ampararon. Ya en el plano de la síntesis, Arguedas elabora la poderosa frase: «Mi niñez pasó quemada entre el fuego y el amor». Me parece claro que en esta oración la palabra fuego viene a reemplazar, hasta cierto punto, a la palabra odio. ¿Por qué? Otra vez, porque la identificación con el mundo indígena solo puede ser parcial; él no puede hacer plenamente suyo el odio que los indios sienten hacia los blancos, pues él se percibe, y es considerado por los indios, como blanco. Y esta pertenencia es una barrera contra el sentimiento de odio. Atravesar estar barrera implicaría renegar de la identificación primera, del bautismo o nombramiento donde se constituyó como rudimento de sujeto; me refiero a la relación con sus padres. Y José María amó y veneró a su padre, a quien, en su novela de raíz autobiográfica, Los ríos profundos, describe como un hombre libre que ha renunciado a la arrogancia de la clase a la que pertenece (1983b), pero también desenraizado y peregrino; bastante irresponsable con Ernesto, su hijo, el niño-joven que protagoniza la novela. Pero todo indica que la situación es aún más compleja. Es comprensible que se odie a quien nos ha hecho daño; en el caso del niño Arguedas, a la madrastra y al hermanastro. Pero tiene que tenerse en cuenta que con el odio pasa algo «curioso», pues siendo un sentimiento tan intenso y frecuente, carece sin embargo de legitimidad social. Entonces no puede ser sentido, ni expresado tan libremente como otros sentimientos. Esta represión del odio tiene mucho que ver con el cristianismo, que nos convoca permanentemente a perdonar, en el supuesto de que el odio envilece, pues este sentimiento sería voraz e insaciable. En efecto, la enseñanza cristiana es que aún cuando fuera liberado como violencia, sea real o imaginaria, el odio se reitera en un círculo vicioso que no puede encontrar una satisfacción definitiva. Nada basta para calmarlo, de modo 264

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