El relato sufre de afectación, pretende seducir. Arguedas se presenta como «víctima feliz» de la maldad de su madrastra, pues sus perversas intenciones terminan ocasionando involuntariamente su bienestar. Entonces, esta historia equivale a un «sacarle la lengua» a la madrastra. «Tú que me querías dañar, mira lo que conseguiste; gracias a tu ruindad fui feliz». Como en el cuento de la Cenicienta, personaje que es también «víctima feliz» de la depravación de su madrastra, en el relato de Arguedas hay mucho que no está elaborado. Arguedas oculta su dolor, sataniza a su madrastra e idealiza al padre y al mundo de los indígenas. Se trata entonces de la confesión de hechos que le han producido un sufrimiento en el que no se detiene lo suficiente pues antepone la pretensión de que gracias a la maldad de su madrastra fue feliz. En efecto, Arguedas se victimiza, se presenta como odiado e injustamente excluido, pero, al mismo tiempo, asume que este maltrato fue la cuna de su felicidad. En esos años fue cuando se produjo la aproximación de Arguedas con el mundo de los indios, representado, especialmente, por las mujeres que eran parte de la servidumbre de la hacienda. Aquí hay que notar una cierta vacilación en el relato. De un lado, los indios vieron en él a alguien «exactamente» igual a ellos. Pero, del otro, sabiendo que era un niño blanco desterrado por su madrastra, le dieron «más consuelo», es decir, lo trataron de una manera especialmente cariñosa. En el recuento que hace de su vida, este es el momento cuando se produce una identificación muy poderosa. Y no por restringida, menos significativa. En general, las identificaciones son la materia prima de las síntesis (des)equilibradas que son los sujetos: identificarse implica borrar fronteras, extraviarse en una otredad de la que se retorna transformado. Y según Arguedas lo que de niño incorpora de los indios es el amor, entre ellos mismos y aquel que sostienen con la naturaleza. Pero también hace suyo el odio que sienten los indios hacia quienes los hacen padecer por una suerte de «mandato supremo». Las actitudes que resultan de esta identificación con los indios coexisten con otros mandatos no menos convocantes y poderosos. Para empezar, Arguedas es un niño definido como «blanco», pues así es reconocido por su padre y su entorno familiar, aunque solo hasta cierto punto, pues también es relegado, tratado injustamente, por personas que en principio debieron brindarle el cariño y el reconocimiento que necesita, y al que tiene derecho según las costumbres de su mundo. Entonces, la identificación con la figura de los mistis resulta un vínculo ambiguo, pues 263
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