está presente, ni parece aportar recursos a una viuda que ya era dueña de la mitad del pueblo. En definitiva, el niño Arguedas debió ser una presencia incómoda para su madrastra. Es presumible, entonces, que no haya sido querido; al menos de la manera en que a él, como a todo niño de tres años, le hubiera gustado. De cualquier forma, y con razón o sin ella, Arguedas escribe «como a mí me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios, decidió que yo había de vivir con ellos en la cocina, comer y dormir allí». Como un personaje del cuento de la Cenicienta, el niño Arguedas es desplazado del espacio que le corresponde. El hecho es que Arguedas sataniza a su madrastra. La convierte en un monstruo, pues ella, lejos de quererlo, lo «desprecia» y le tiene «rencor». Arguedas no explica en concreto la génesis de estos sentimientos. Ellos hacen sospechar del afecto que su madrastra podría guardar por su padre, que era su esposo. Arguedas siente que para su madrastra él es, casi, un indio más. Entonces reproduce con el niño la misma actitud arrogante que tiene con su servidumbre: un menosprecio genérico combinado con una indiferencia sobre su vida particular. Arguedas cree que su madrastra le guarda un rencor gratuito, propio de una persona malvada. Y una forma de actuar este sentimiento es precisamente exiliarlo entre la servidumbre indígena. Pero lo que ella no sabe, y que Arguedas descubre maravillado, es la ternura y el consuelo que pueden dar los indios. Entonces, la madrastra, creyendo hacerle daño, lo «arroja» a un mundo que resulta mucho más satisfactorio que aquel que le correspondía. Allí vive «tan bien que si mi madrastra lo hubiera sabido me habría llevado a su lado, donde sí me hubiera atormentado». Lo que pretende ser humillación termina convertido en fortuna y dicha. Así viví muchos años. Cuando mi padre venía a la capital del distrito, entonces era subido al comedor, se me limpiaba un poco la ropa, pasaba el domingo, mi padre volvía a la capital de la provincia y yo a la batea, a los piojos de los indios. Los indios y especialmente las indias vieron en mí exactamente como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que por ser blanco acaso necesitaba más consuelo que ellos […] y me lo dieron a manos llenas. Pero algo de triste y de poderoso al mismo tiempo debe tener el consuelo que los que sufren dan a los que sufren más, y quedaron en mi naturaleza dos cosas muy sólidamente desde que aprendí a hablar: la ternura y el amor sin límites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que les tienen a la naturaleza, a las montañas, a los ríos, a las aves; y el odio que tenían a quienes, casi inconscientemente, y como una especie de mandato Supremo, les hacían padecer. Mi niñez pasó quemada entre el fuego y el amor (Arguedas, 2004, p. 521). 262
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx