En esta intervención, Arguedas ensaya una explicación de su carácter, y también de su proyecto y trayectoria. Se presenta a sí mismo en estos términos: Voy a hacerles una confesión un poco curiosa: yo soy hechura de mi madrastra. Mi madre murió cuando yo tenía dos años y medio. Mi padre se casó en segundas nupcias con una mujer que tenía tres hijos; yo era el menor y como era muy pequeño me dejó en la casa de mi madrastra, que era dueña de la mitad del pueblo; tenía mucha servidumbre indígena y el tradicional menosprecio e ignorancia de lo que era un indio, y como a mí me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios, decidió que yo había de vivir con ellos en la cocina, comer y dormir allí. Mi cama fue una batea de esas en que se amasa harina para hacer pan, todos las conocemos. Sobre unos pellejos y con una frazada un poco sucia, pero bien abrigadora, pasaba las noches conversando y viviendo tan bien que si mi madrastra lo hubiera sabido me habría llevado a su lado, donde sí me hubiera atormentado (Arguedas, 2004, p. 520). Frente a sus oyentes, Arguedas siente la necesidad, el deseo, de explicarse a sí mismo. Y en su intento va más allá de lo usualmente esperable. Una impronta confesional se apodera de su discurso, en el que se presenta como víctima de personas que le desean el mal, que lo odian. En su intervención quiere contar una historia fluida, que no deje interrogantes por resolver. No obstante, es un hecho que su recuento despierta muchas preguntas, como si fuera aún oscuro e insuficiente, como si algo ocultara, algo que estaría pendiente de ser dicho. Este desfase entre la intención confesional de lograr la trasparencia y la misteriosa narración que comparte es síntoma de que estamos ante una elaboración que no ha logrado la radicalidad necesaria como para llegar a la anhelada transparencia. Para empezar, ¿por qué la confesión es «curiosa», pero solo un poco? Lo es porque se sale de los márgenes de lo presumible: que sería hablar bien, caballerosamente, de la madrastra o, en todo caso, callar discretamente. Lo curioso es salirse públicamente de lo prescrito, «confesar» hechos traumáticos acontecidos en su infancia. De otro lado, que esa curiosidad sea calificada como «poca» obedece a que tampoco es considerada como sensacional, pues sobre la figura de la madrastra, más allá del caso particular de Arguedas, pende una mala reputación. En todo caso, la circunstancia decisiva es que el niño Arguedas está en una situación de mucha vulnerabilidad. La madrastra tiene ya tres hijos propios, anteriores a su nuevo compromiso. Y el padre de Arguedas no 261
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