grandes bandos definidos por pertenencias étnicas así como por opciones ideológicas y políticas. Claro que estos prejuicios tienen una realidad histórica profunda. Corresponden a mutuas satanizaciones. No obstante, simplifican demasiado, fanatizan, arrojan a la gente al odio y la violencia clausurando oportunidades de diálogo, destruyendo los puentes que podrían permitir entenderse a los hombres de buena fe, a los que se sitúan más allá de lo que Arguedas llama el «embrutecedor egoísmo». Y esta simplificación está, para empezar, en la sensibilidad del propio Arguedas. A su deseo —y a su temor— de una gran insurrección popular que, aunque no llega a imaginar del todo, tampoco descarta rotundamente. Esta insurrección tendría un fundamento étnico. Los indígenas contra los mistis y los criollos. Sería un baño de sangre en la línea de lo profetizado/presentido por Valcárcel. Y llevaría a una actuación masiva del odio. Pero vayamos por partes. V No ha habido en el Perú escritor más desvergonzado que José María Arguedas. Nadie ha relatado en primera persona acontecimientos tan desgarradores y traumáticos. Entonces, hay que preguntarse qué lo llevó a explorar esta veta autobiográfica hasta el punto de hacerla pública. ¿Exhibicionismo que busca admiración? ¿Autovictimización o chantaje emocional para lograr esa forma disminuida del amor que es la compasión? ¿Necesidad de elaborar acontecimientos traumáticos? ¿Vocación testimonial? Sea por las razones que fuera, y sea cualquiera el peso de cada una de ellas, el hecho es que Arguedas decide hacer públicos sus intentos de explicarse a sí mismo. Entonces relata acontecimientos que el «buen sentido» manda callar y esconder, pues se supone que episodios así pueden menoscabar la reputación de quien los cuenta. En efecto, mostrar el infortunio y el abuso sufrido suele mermar la estima social de la que goza una persona que, así, desnudada, queda expuesta a toda clase de (malas) interpretaciones. Este vector autobiográfico domina su intervención en el Primer Encuentro Nacional de Escritores en Arequipa, el año 1965. Aunque su discurso no tiene un nombre definido, no sería injusto llamarlo «Yo soy hechura de mi madrastra», en atención al lugar central que esta frase tiene en su sentido relato. 260
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