inevitable. Si bien Arguedas simpatizaba con los fines de la nueva izquierda, como hombre mayor, y atento a la realidad, no percibía la proximidad de una revolución socialista. Aunque, de otro lado, en medio del cansancio y del desaliento pudiera desear una eclosión de violencia que apurara el fin de tanta explotación, desprecio e injusticia. Hacia mediados de los años sesenta Arguedas está cansado, pero sigue pensando que si no corre se hunde. La única salida a su problemática existencial es la concentración en un trabajo destinado a engrandecer al Perú, pero la crítica le hace sentir que su apuesta es dudosa y su posición poco firme. En medio de un desmoronamiento personal, consigue la suficiente fuerza como para explorar el mundo de la migración a través de la escritura de Los zorros. Investigar no solo es hacer entrevistas y etnografías, sino escribir, pues es en el proceso de la escritura donde se va entramando todo lo disperso y separado. Y la verdad es que Arguedas no registra la inminencia de una revolución. Da cuenta de una realidad compleja donde gravitan múltiples tendencias de cambio. Y a través de la trayectoria de sus personajes trata de registrar esas tendencias. Pero tampoco es que deseche totalmente la posibilidad de una revolución. En todo caso, siente que ya dio todo lo que pudo, que su vida ya no tiene meta ni sentido, que no vale la pena continuarla. IV El deseo de impulsar la construcción nacional está muy presente en la vida y obra de Arguedas. Ese deseo se nutre de la esperanza de poder evitar una guerra entre criollos e indígenas, señores e indios, patrones y trabajadores. Estas confrontaciones aparecen como posibilidades temidas pero, a veces, en el vector menos público de su obra, ellas representan también un motivo de esperanza. En todo caso, en el vector más asumido, el que corresponde al proyecto de luchar en ambos frentes, contra el menosprecio y la rabia, la confrontación podría evitarse. Y el primer paso para desmontar esta áspera conflictividad es distanciarse de las simplificaciones que la impulsan, pues ellas impiden, o dificultan, la comunicación: se trata del sistema de prejuicios, o sentido común, centrado en los estereotipos: «mistis arrogantes», «indios brutos». Estas representaciones podrían fundamentar una «lucha de clases» de trasfondo étnico. Una lucha que, o bien podría repetirse miles de veces en los encuentros cotidianos en un país fragmentado, o bien podría concentrarse en una guerra civil entre 259
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