La urgencia por decir nosotros

camino para reequilibrar la sociedad peruana. En realidad, bajo el proyecto de diálogo y reconocimiento que Arguedas asume como la misión de su vida, hay una ambigüedad no resuelta, pues por momentos reaparece la idea del antagonismo y la violencia como los únicos caminos para la revaloración de lo indígena. Y esta ambigüedad aflora con mucha fuerza desde el triunfo de la revolución cubana. Entonces, es visible que Arguedas se debate entre su proyecto de una obra que sea un puente entre mundos, y, de otro lado, la sensación nunca descartada de que el desarrollo de los antagonismos y la violencia sería la única manera efectiva de lograr el cambio social que anhela. Es decir, que signifique la preservación de lo ancestral así como el rechazo al materialismo capitalista, con sus injusticias y su envilecimiento de la criatura humana. Esta ambigüedad está muy presente en su novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo, especialmente en el «Último diario». Allí con una indecisión característica vaticina el inicio de una época de violencia desenfrenada que sería el precio para la conquista de una sociedad de veras humanizada. Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y abrirse otro en el Perú y lo que él representa: se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres «alzamientos», del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y de la fuerza liberadora invencible del hombre de Vietnam, el de la calandria de fuego, el del dios liberador. Aquel que se reintegra. Vallejo era el principio y el fin (Arguedas, 1983a, p. 138). En este texto Arguedas supone que su obra ha sido insuficiente para propiciar el cambio deseado. En cierto sentido, un fracaso. Entonces, su muerte es, a la vez, el símbolo y el síntoma de la imposibilidad de un cambio pacífico. Y, por tanto, el inicio de otro período histórico, marcado por la luz, el fuego y la liberación. El proyecto de «sanar» la herida colonial mediante el desarrollo de una política de reconocimientos, de ser él mismo el puente entre mundos que se desconocen pero que se enfrentan, había sido criticado desde la izquierda revolucionaria, que exigía a Arguedas alinearse en la ortodoxia de la lucha armada. Desde un optimismo incuestionado en torno a la inminencia de una revolución, la nueva izquierda, como comunidad moral abanderada por hombres de acción, exigía compromiso a los intelectuales; es decir, los presionaba para que elaborasen discursos pastorales que hicieran propaganda a la causa. La idea era que con su prestigio y credibilidad avalaran la percepción de que la revolución era necesaria e 258

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