La urgencia por decir nosotros

menos conjurar. Para Arguedas el mestizaje es una realidad. Sin embargo, es también un proceso que tiende a desdibujarse en función del acriollamiento, entendido como «aculturación»; es decir, mestizaje mimético, imitativo, que desaloja a lo indígena. El paso necesario para el logro de una sociedad nacional más justa y equilibrada sería un mestizaje que recupere lo indígena, una conciencia que no esté dolida o disminuida por la vergüenza con la que el colonialismo ha logrado arrinconar al mundo andino. La recuperación del orgullo indígena tiene que basarse en una narrativa que subraye que el Perú puede ser una nación muy joven pero se está construyendo sobre las raíces de un país muy antiguo. Sin embargo, la posibilidad de cambios sin violencia no está garantizada: el otro camino es el enfrentamiento entre indígenas y criollos, situación que podría llevar a una revolución en la línea de lo presentido por Valcárcel y, en alguna medida, por Mariátegui; posibilidad que en la década de 1960, con las migraciones masivas y el trasfondo internacional de la renovación del mesianismo marxista, adquiere una súbita actualidad. Esta situación es motivo de temor para algunos y de esperanza para otros. En las clases medias se reactiva el fantasma de la guerra de razas. El comunismo podría convertir la miseria del mundo de los migrantes en una revolución comunista y chola. Del temor que causa esta percepción se desprende un llamado a la reforma, que sería el único camino para impedir que el caldo de cultivo que representan la pobreza y los antagonismos étnicos sea aprovechado por el «comunismo internacional». Al mismo tiempo, estos cambios, como la revolución cubana y las grandes migraciones internas, producen esperanza en la juventud ilustrada, que imagina una revolución socialista a la vuelta de la esquina, con los trabajadores empobrecidos a la cabeza. En tal visión, sin embargo, no hay lugar para el conflicto étnico, tampoco para la dimensión cultural. La revolución llevaría a un Estado homogenizador que impondría la justicia e impulsaría el desarrollo centrado en las empresas públicas. Esta posibilidad de un cambio violento, de una revolución que algunos viven como inminente, hace trastabillar el proyecto de encuentros y fusiones imaginado e impulsado por Arguedas59. En el mismo sentido, téngase en cuenta que el proyecto de una nación peruana basada en la revaloración de lo andino y la proliferación del mestizaje es precario, pues pese a que Arguedas rechace la rabia y el desprecio, en muchos de sus escritos irrumpe un vector antagonista, como si la actuación de la arrogancia y el desborde del odio fueran incontenibles, acaso el único 257

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