La urgencia por decir nosotros

que impulse el desarrollo, y la coexistencia dialogante, de múltiples identidades sin la necesidad inmediata de un centro homogeneizador, necesariamente autoritario. O si se prefiere usar términos más actuales, Arguedas intenta vislumbrar una nación supraétnica o multicultural. Términos, conviene señalarlo, que aún están por definirse, pero que, en todo caso, se asocian a la práctica de la hospitalidad y la tolerancia, del intercambio y la fusión. Si este proyecto de revitalización de la cultura ancestral no es enunciado con mayor claridad es porque Arguedas no está seguro del impacto que la modernización tendrá en la sociedad y la cultura andina. A veces duda y se inclina a pensar que el progreso aniquilará las tradiciones que tanto ama. Plantea entonces la necesidad de una antropología de la urgencia, que codifique y preserve, en libros y museos, las expresiones culturales condenadas a desaparecer de la vida cotidiana. A veces, en la línea de Mariátegui, piensa que solo en una sociedad socialista sería posible la continuidad de la tradición andina. Y es que Arguedas está muy comprometido con valores que el capitalismo debilita, como son la autenticidad y la cooperación. En efecto, el afán de lucro y la falta de solidaridad dificultan la posibilidad de un pleno desarrollo humano. Lo auténtico queda desplazado por la «fantochada», por una representación insulsa que se vende a buen precio a gente que se conforma con muy poco. Arguedas desconfía del capitalismo, pese a que no deja de sorprenderse de su fuerza transformadora. Y, de otro lado, tampoco es que termine de saber en qué consiste el socialismo. Arguedas piensa que no tiene sentido oponerse al progreso. Para empezar, la idea de salir de la miseria y lograr cierto confort, y reconocimiento social, ya se ha apoderado del imaginario de los hombres andinos. Además, Arguedas valora como una hazaña el esfuerzo de los hombres y mujeres que huyen de la miseria y la servidumbre, y que con una fe empecinada migran a las ciudades y construyen un nuevo mundo donde recrean muchas de sus tradiciones, especialmente en el campo de la música, la danza y la religión. El Perú cambia rápidamente y estos cambios tienen para Arguedas un signo básicamente liberador. Las mezclas y encuentros son como «hervores» en los que, gracias al fuego del amor y el odio, se van cocinando, en las fronteras entre mundos, nuevas maneras de ser que rompen con el dualismo criollo-indígena. Él no quiere, al menos conscientemente, azuzar una «guerra de razas», fantasma que el nacionalismo criollo había logrado, si no eliminar, sí al 256

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