La urgencia por decir nosotros

sentido es una suerte de prótesis para cubrir una desolación temprana, una melancolía que podría obedecer al hecho de quedar huérfano de madre a los dos años y de no contar con el apoyo suficiente de un padre depresivo, que no responde a su demanda de amparo. Pero, de otro lado, el heroísmo apasionado es el pathos del romanticismo y su prédica de un ideal que no alcanzaremos, pero por cuya realización no podríamos dejar de luchar. La influencia de Víctor Hugo, dice Carmen María Pinilla (2004), fue decisiva para que el joven Arguedas se identificara con la figura del héroe sacrificado, que lo entrega todo, porque entiende que ese es su deber. La relación entre la locura, la psicosis y el mestizaje es un tema planteado por autores como Pablo Macera, Max Hernández y César Delgado Díaz del Olmo a propósito del Inca Garcilaso de la Vega. La idea es que el mestizo está condenado a la psicosis y la esquizofrenia, pues no puede ser capaz de integrar las identificaciones que ha interiorizado, ya que son excluyentes y contradictorias entre sí. Desde la perspectiva crítica de estos autores, Garcilaso logra contener —hasta cierto punto— la fragmentación, pero a costa de una mistificación de sí mismo y de su mundo social de origen; de la elaboración de una mitología personal y social que solo puede sostenerse en la distancia que le da el exilio, en la ausencia de una confrontación que la desmentiría. En efecto, a Garcilaso le interesa hablar de las cosas como deberían ser antes de como efectivamente son. Entonces crea una ficción de armonía entre españoles e indígenas, una narrativa donde el cristianismo y la salvación de las almas terminan por justificar la invasión española. El ilustre cronista mestizo no quiere ver que el cristianismo no tiene una vigencia profunda, que su influencia es bastante limitada. En realidad, Garcilaso articula su identidad gracias a una construcción imaginaria que conjura el antagonismo social. El Imperio de los incas es figurado como creador de una sociedad justa manejada por una autoridad benévola. Y, de otro lado, representa a los españoles como instrumentos de la providencia para hacer posible la salvación de los indios. Su afán por el oro y su crueldad son, desde esta perspectiva, detalles anecdóticos que no pueden hacer sombra al hecho fundamental: la evangelización cristiana. En qué medida este relato permite a Garcilaso integrar las identificaciones desarrolladas es algo abierto a la controversia. En todo caso, como señala Hernández (1993), Garcilaso reproduce su propia ilegitimidad, pues así como nunca fue reconocido por su padre, de la misma manera nunca reconocerá al hijo que tuvo en una mujer mora. Es claro que él no se concibe como cualquier 254

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