La urgencia por decir nosotros

Ahora bien, para ser efectivo en esta misión, Arguedas tenía que arreglar cuentas consigo mismo. Luchar por trascender, dentro de su propia individualidad, la arrogancia de lo señorial y el rencor de lo servil. Es decir, las actitudes cuya persistencia define el nudo colonial que aún sigue aprisionando a la sociedad peruana. Para poner oídos sordos a esas voces que desgarran su mundo interior, Arguedas tenía que hacer un trabajo sobre sí mismo. Esas voces son el eco de discursos que se enfrentan en la lógica de «si no estás conmigo, estás contra mí». Esta es la racionalidad que, según Arguedas, tiende a prevalecer en el vínculo entre mistis e indios. No es la única, pues también está aquella lógica plasmada en el modelo del «buen patrón», que da lugar a una gama distinta de sensibilidades y comportamientos; desde el paternalismo hasta la sumisión esperanzada. No obstante, Arguedas piensa, especialmente en el inicio de su trayectoria como narrador, que la contradicción y el conflicto, aunque puedan estar solo latentes, representan el trasfondo último, la sedimentación más profunda, constituyente, del lazo entre el patrón y el indio. Y que esta dimensión se actualiza periódicamente en episodios de violencia y guerra. Solo a partir de conocer el valle del Mantaro, con sus campesinos indígenas emancipados y prósperos, Arguedas toma distancia de la visión dualista que marca sus primeras obras. En cualquier forma, este vínculo social, tan cargado de antagonismo, se reproduce en el mundo interior de los mestizos, de las personas que han desarrollado identificaciones con ambos mundos y que se ven enfrentadas al desafío de armonizar un equilibrio, de lograr una identidad en base a sintetizar identificaciones que se plantean como excluyentes y contradictorias. Entonces, Arguedas tenía que manejar esta conflictividad interior para ser capaz de transmitir, con verdadero entusiasmo, el valor de lo indígena al mundo de los señores. Y, de otro lado, para poder persuadir al mundo indígena de su propia trascendencia, aun cuando su autoestima estuviera tan menoscabada por el colonialismo. Deshacer el nudo colonial donde se enredan la arrogancia y el rencor. Y hacerlo gracias a una política del reconocimiento, a una dinámica en la que los señores se admirarían de los logros indígenas, de manera que el odio del indio menguaría, pues la rabia del oprimido tiende a perder beligerancia cuando hace propia la estimación del otro. Tal reconocimiento, incluso, lo puede ayudar a reconciliarse consigo mismo. Y para los señores este reconocimiento redundaría en el aprendizaje del respeto al otro y a la ley, así como en la 251

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx