Paralelamente, y como fundamento de esta propuesta de cambio, Mariátegui había planteado otra tarea a sus interlocutores: profundizar el estudio de la cultura andina y apoyar su revaloración y florecimiento. Esta iniciativa iba a contracorriente del sentido común de la época, que, modelado por el nacionalismo criollo, veía en los indios una «raza abyecta», de manera que lo redimible serían las personas pero no su cultura, que debería ser desechada, y cuanto más rápido mejor. Mariátegui advirtió en la poesía de César Vallejo una primera pero contundente expresión de la cultura andina, llamada a ser el «cimiento de la nacionalidad». Por tanto, la revitalización cultural del mundo indígena era un proceso que ya estaba en marcha y que había que seguir y apoyar, pues allí se encontraba la clave del futuro peruano. Este es el llamado que, según Carmen María Pinilla (2004), está en la base de la vocación y el proyecto de José María Arguedas (1911-1969), jovencísimo lector de Amauta, encendido romántico y conocedor profundo del mundo andino, pues su infancia la vivió en la «zona de contacto» entre el mundo de los señores y el de los indios. Por nacimiento, Arguedas pertenecía al mundo misti, pero por lo precario de su posición en ese mundo tuvo que convivir con los indios, al punto de ser, en cierta medida, adoptado por ellos. Estas circunstancias significarían poco si es que Arguedas no hubiera estado, ya desde niño, escandalizado por el desfase entre los valores cristianos de justicia e igualdad y la situación de pobreza y opresión vivida por los indios. Situación que, por momentos, él mismo experimentó en la forma de humillaciones gratuitas de las que no pudo defenderse y que lo marcaron de por vida. En realidad, la opresión gamonal era una incoherencia, pues se fundamentaba en predicar valores, planteados como universales, pero de los cuales los señores se sentían eximidos sin otra razón que no fuera su mayor conveniencia. Entonces, para los indios se desplegaba una enseñanza de humildad y mansedumbre que los convertía en impotentes para oponerse al abuso de quienes, en cambio, no respetaban ni la moral cristiana, ni las leyes republicanas. Gracias a la transgresión se constituyeron como poderes soberanos sobre las poblaciones indígenas que habían logrado concentrar, o capturar, en sus haciendas. Esta situación producía en la mayoría de los señores un sentimiento de arrogancia, acompañado, probablemente por una mala conciencia; en otros, los menos, generaba rebeldía y deseos de reparación. En este mundo las virtudes más apreciadas eran la arrogancia y la capacidad de ejercer violencia. De modo 249
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