mestizos. En esos comportamientos se expresaba el deseo de volver a una sociedad habitada por gente puramente indígena. El proyecto mariateguiano recupera mucho del indigenismo presente en los intelectuales de la sociedad andina. Sociedad que produce un asombro y un desconcierto que invitan a reflexionar, sobre todo a gente del mundo de la cultura que experimenta la contradicción entre los valores cristianos y la falta de piedad de la dominación sobre el indio, o a quienes tratan de imaginar una modernidad enraizada en la historia. Se trata de señores desafectos con el sistema y de mestizos sin ubicación. Intelectuales que, influidos por el espíritu romántico, reivindican como positiva la vigencia de un pasado ancestral. Son los protagonistas de un indigenismo que piensa lo nacional desde la reivindicación del liderazgo de las élites nativas, aunque sin excluir totalmente a los criollos. En todo caso, con la gran crisis de 1929 terminó una etapa en la historia de América Latina. El debate intelectual se vuelve menos programático. El pensamiento tiene que guiar o, quizá, con mayor frecuencia, justificar la acción política. Entre los intelectuales se impone el pragmatismo, lo que Devés llamaría el triunfo del paradigma de la modernización sobre el paradigma de la identidad56. En el Perú, el mundo intelectual se divide entre apristas y comunistas, ambos urgidos por la política inmediata antes que por transformar el sentido común. En términos gramscianos: más conspirativos y menos preocupados por reformar las sensibilidades colectivas y por consagrar una mirada sobre el país en la que se evidencie la radical injusticia de la servidumbre indígena. Este cambio en el sentido común se generaliza recién en los años 1950, cuando la oposición entre el aprismo y la oligarquía pierde centralidad en la política peruana y el deseo de cambios que integren y modernicen al país se hace irresistible. Desde la revista Amauta (1926-1930), Mariátegui convoca a los intelectuales de su época a enfrentar dos retos diferentes pero muy relacionados. El primero es desarrollar una propuesta de cambio para la sociedad peruana que se inspire en la fórmula «socialismo indoamericano». Este llamado tiende a desvanecerse o, en todo caso, es recogido por Haya de la Torre en una interpretación que acentúa una suerte de unidad continental, o al menos solidaridad, contra el imperialismo norteamericano. Pero se diluye la sustancia que Mariátegui había querido imprimir al término; es decir, la idea de un socialismo basado en la renovación de las tradiciones comunitarias indígenas. 248
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