La urgencia por decir nosotros

nacientes sectarismos. Pero la muerte le ganó esa partida, pues falleció antes de que pudiera viajar. En todo caso, es claro que mantuvo su fe en el socialismo, y en su posición, aun en medio de un mundo que se volvía en su contra. En este sentido, dice Alberto Flores Galindo: Es evidente que esa perspectiva signada por la esperanza mantiene un parentesco con el cristianismo de su adolescencia, transformado, más que perdido, en el mito socialista del adulto. Por encima de cualquier filiación, la voluntad de Mariátegui contrasta de manera muy obvia con sus primeras experiencias: inestable vida familiar, el cuerpo doliente, el mundo de los hospitales y de los enfermos […] tal vez para definir a Mariátegui sea más importante —como anotó Sartre a propósito de Gustavo Flaubert— «aquello que lo distingue de sus contemporáneos». En Mariátegui es una actitud: la esperanza por encima de cualquier previsión razonable contraria […] esa esperanza que hace de un inválido un político revolucionario. Entenderla nos remite obligatoriamente al malentendido inicial con la vida: al niño enfermo. De esta manera, el final lleva al principio; la muerte evoca la infancia (Flores Galindo, 1980, p. 115). No basta decir que Mariátegui era un mestizo ofendido, pues la gente así era legión en el Perú de esos días. Tampoco es suficiente con agregar su gran talento y su enorme capacidad de trabajo. Ni siquiera logramos entenderlo si también tomamos en cuenta su simpatía y capacidad de convocatoria. En definitiva, hay algo más que tiene que ver con un trasfondo religioso, con una perentoria necesidad de creer que es tanto un acicate como también un límite a su lucidez. Necesidad que, como sugiere Alberto Flores Galindo, debe haber cuajado en su soledad de niño enfermo, con prolongadas estancias en hospitales, «amasado» por la muerte, como decía de sí mismo José María Arguedas. Entonces el conjugar la lucidez con la esperanza parece haber sido el reto que dinamiza su existencia. Y gracias a la fe en el socialismo logró mantener un equilibrio que le dio serenidad, aunque no llegara a ser tan consciente de los resentimientos que portaba. IV Por su fecundidad intelectual, por su amplia convocatoria a los intelectuales de su generación, por el aporte a la comprensión del país que sus obras significan, por su misma muerte temprana; por todas estas razones, Mariátegui ha sido venerado como el padre fundador de la izquierda peruana. Y aún más: como un héroe cultural, un gran hombre que debería despertar orgullo entre todos los peruanos. En el fondo, como 234

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