concreto este socialismo indígena? Aunque no lo diga en forma explícita, Mariátegui sugiere una sublevación agraria a gran escala, apoyada por la clase obrera, la intelectualidad y las clases medias progresistas. ¿Y qué hacer con el mundo criollo? ¿Expropiar, desterrar, matar a los «aristócratas»? ¿Y reeducar a los sectores populares criollos? Conforme se hacen las preguntas, va quedando claro que Mariátegui carecía de respuestas precisas. En realidad, su desagrado con las actitudes excluyentes de la aristocracia lo lleva a minimizar o negar al mundo criollo. Y, por tanto, a problematizar la posibilidad de un encuentro fecundo de esta tradición con lo indígena. Lo peruano, para Mariátegui, se vuelve sinónimo de lo indígena, tal es su apreciación sobre César Vallejo: «Vallejo es un creador absoluto. Los heraldos negros podía haber sido su obra única. No por eso Vallejo habría dejado de inaugurar en el proceso de nuestra literatura una nueva época. En estos versos del pórtico de Los heraldos negros principia acaso la poesía peruana. (Peruana, en el sentido de indígena)» (2007, p. 259). Pero no todo es tan claro. Mariátegui está atravesado por contradicciones que no logra armonizar. Para empezar, él es un mestizo acriollado. Eso queda claro en su forma de vestir, en sus lecturas, en su escritura, en su viaje a Europa, en la elección de sus amigos. De alguna manera, el rechazo a lo blanco y español, y su indigenismo radical, representa una imposible amputación de sí mismo, un intento de ser lo que no podía ser. En el Perú del socialismo indoamericano, que con tanto fervor deseaba, él hubiera sido un apátrida. Aquí hay un punto ciego en Mariátegui. Su rechazo del mestizaje no lo lleva a una posición que ahora llamaríamos multicultural sino a la condena del criollismo. Pero las ideas de Mariátegui eran cada vez menos convincentes para sus contemporáneos. Desde distintas posiciones eran rechazadas: los apristas, los intelectuales cusqueños55, hasta sus propios amigos que, presionados por la Internacional Comunista, querían pasar a la acción constituyendo un partido político. En realidad muy pocos estaban de acuerdo con Mariátegui. Lo acompañan solamente aquellos que pretendían seguir pensando, pues no estaban convencidos de alguna política partidaria en particular. Pero otros tiempos se avecinaban, tiempos en los que las definiciones políticas eran perentorias. Ya no vale la duda y la polémica, lo que se aprecia es la certidumbre que impulsa a la acción. Y Mariátegui quería evitar una concreción partidaria de su proyecto intelectual. Por eso, según Alberto Flores Galindo, decide trasladarse a Buenos Aires. Allí podría seguir publicando Amauta, promoviendo polémicas, evitando los 233
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