comparación entre el conquistador español y el pionero inglés para desde allí explicar las diferencias en la colonización y el desarrollo de la América sajona respecto a la latina. Lo que sucede es que ya en este primer ensayo Mariátegui ha hecho suyas las ideas indigenistas sobre una suerte de comunismo agrario primordial como el hecho fundante de la economía y la sociedad andina. Desde esta perspectiva se minimiza la diferenciación social en el mundo prehispánico, como una sociedad donde casi no existen jerarquías ni diferencias étnicas, y se proyecta una sociedad idealizada cuyo germen comunitario, a pesar de las deformaciones traídas por la Colonia y la República, se mantendría aún vigente. En realidad, Mariátegui no cree en las posibilidades de desarrollo de un capitalismo criollo o nativo: Pesan sobre el propietario criollo la herencia y educación españolas, que le impiden percibir y entender netamente todo lo que distingue al capitalismo de la feudalidad. Los elementos morales, políticos, psicológicos del capitalismo no parecen haber encontrado aquí su clima. El capitalista, o mejor el propietario, criollo, tiene el concepto de la renta antes que el de la producción. El sentimiento de aventura, el ímpetu de creación, el poder organizador, que caracterizan al capitalista auténtico, son entre nosotros casi desconocidos (Mariátegui, 2007, p. 24). En estas circunstancias solo el capital y las empresas extranjeras pueden desarrollar el capitalismo. Entonces la dinámica de la economía peruana apuntaría, para Mariátegui, a un control creciente de las empresas extranjeras y a una irrelevancia cada vez mayor de los «propietarios criollos». Frente a este panorama de una economía dominada por el imperialismo cobra más atractivo la perspectiva de un socialismo indígena. Escribe Mariátegui: En el prólogo de Tempestad en los Andes de Valcárcel, vehemente y beligerante evangelio indigenista, he explicado así mi punto de vista: «La fe en el resurgimiento indígena no proviene de un proceso de “occidentalización” material de la tierra quechua. No es la civilización, no es el alfabeto del blanco, lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista. La esperanza indígena es absolutamente revolucionaria. El mismo mito, la misma idea, son agentes decisivos del despertar de otros viejos pueblos, de otras viejas razas en colapso: hindúes, chinos, etc. La historia universal tiende hoy como nunca a regirse por el mismo cuadrante. ¿Por qué ha de ser el pueblo inkaico, que construyó el más desarrollado y armónico sistema comunista, el único insensible 231
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