La urgencia por decir nosotros

consecuencia, por toda la gran prensa de la capital. El Comercio y La Prensa auspiciaban a la «nueva generación». Esta generación se mostraba destinada a realizar la armonía entre civilistas y demócratas que la coalición del 95 dejó sólo iniciada. Su líder y capitán Riva Agüero, en quien la tradición civilista y plutocrática se conciliaba con una devoción casi filial al «Califa» demócrata, reveló desde el primer momento tal tendencia. En su tesis sobre la «literatura del Perú independiente», arremetiendo contra el radicalismo, dijo lo siguiente: «Los partidos de principios, no sólo no producirían bienes, sino que crearían males irreparables. En el actual sistema, las diferencias entre los partidos no son muy grandes ni muy hondas sus divisiones. Se coaligan sin dificultad, colaboran con frecuencia. Los gobernantes sagaces pueden, sin muchos esfuerzos, aprovechar del concurso de todos los hombres útiles». La resistencia a los partidos de principios denuncia el sentimiento y la inspiración clasista de la generación de Riva Agüero. Su esfuerzo manifiesta de un modo demasiado inequívoco el propósito de asegurar y consolidar un régimen de clase. Negar a los principios, a las ideas, el derecho de gobernar el país significaba fundamentalmente, reservar ese derecho para una casta. Era preconizar el dominio de la «gente decente», de la «clase ilustrada». Riva Agüero, a este respecto, como a otros, se muestra en riguroso acuerdo con Javier Prado y Francisco García Calderón. Y es que Prado y García Calderón representan la misma restauración. Su ideología tiene los mismos rasgos esenciales. Se reduce en el fondo, a un positivismo conservador. Un fraseario más o menos idealista y progresista disimula el ideario tradicional. Como ya lo he observado, Riva Agüero, Prado y García Calderón coinciden en el acatamiento a Taine (Mariátegui, 2007, p. 231). Esta apreciación es poco empática y definitivamente injusta. Es como si Mariátegui descartara de antemano la posibilidad de que Riva Agüero y su generación pudieran ser portadores de un sincero deseo de cambio. La aristocracia tradicional no puede transformarse en una burguesía moderna. En realidad, Mariátegui no reparó en las reflexiones de Riva Agüero sobre la Independencia contenidas en Paisajes peruanos (1995). Allí sostiene ideas muy parecidas a las que plantea Mariátegui años después. Dichas reflexiones se habían publicado en 1916 y es seguro que, por el ascendiente de su autor y la dureza de sus juicios, hayan tenido gran resonancia. Pero Mariátegui no las considera, quizá está demasiado preso de la idea de que solo su generación y grupo social podían significar el cambio que el Perú estaba aguardando. Solo los intelectuales mestizos, que con su esfuerzo habían logrado establecerse como clase media, podían conducir el proyecto nacional. Entre ellos, el más prometedor era, desde luego, Abraham Valdelomar, entrañable amigo de Mariátegui, pero 227

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