La urgencia por decir nosotros

de todos los males del país corresponde subjetivamente al talante del hijo adolescente que, entre descontento y rebelde, acusa a su padre de lo terrible de su situación. Teniendo en mente un «padre ideal», devoto y comprometido, no perdona a su padre real la debilidad de su compromiso, cuando no su total indiferencia52. Esta es la psicología del mestizo que ha transitado del endiosamiento a la abjuración del padre blanco: de él no se puede esperar justicia y reconocimiento, solo la repetición de engaños; y que, paralelamente, ha reivindicado a su madre indígena, de modo que se intensifica la ternura y la idealización tiende a ser total. Esta visión crítica tiene que competir con la visión oficial, aquella que domina la divulgación escolar y el sentido común. Una narrativa elaborada por intelectuales criollos, o acriollados, como Sebastián Lorente y Carlos Wiese53. Para ellos, la insatisfacción con lo logrado no pasaba tanto por la corrupción y la falta de capacidad de dirección de la aristocracia u oligarquía, sino por la degeneración de la raza indígena: enquistada sobre sí misma, insensible al progreso y a las nuevas ideas. Es decir, lo que el indigenismo ve como el mayor mérito del mundo indígena, su apego a la tradición, es valorado por el mundo criollo como el síntoma más elocuente de su incapacidad o dificultad para insertarse en el futuro. Para los criollos, los indios eran un fardo difícil de cargar. Sea como fuere, Mariátegui participa en la visión crítica que se nutre tanto del sentimiento popular mestizo como de las elaboraciones de los aristócratas disidentes. La antipatía de Mariátegui se deja ver en la valoración de dos aristócratas: José de la Riva Agüero y Manuel González Prada. Al primero lo sataniza; al segundo no le reconoce todo aquello que le debe. La virulencia del desagrado de Mariátegui es patente en lo inmotivado de su crítica a Riva Agüero, quien pretendió representar la posibilidad, el germen, de un proyecto democrático nacional para el Perú. En 1916, en medio de los afanes de la construcción del partido que debería protagonizar ese proyecto, Riva Agüero pronuncia un discurso «Elogio del Inca Garcilaso de la Vega», a propósito de la conmemoración de los trescientos años del fallecimiento del gran cronista mestizo. Comentando este discurso, Mariátegui escribe un artículo poco usual por el desmedido sarcasmo de su tono y lo irrelevante de su contenido. Una diatriba. El artículo fue publicado en La Prensa y su título fue «Un discurso, 3 horas, 46 páginas, 51 citas. ¿Gramática?, ¿Estilo?, ¿Ideas?: O acotaciones marginales». Después de una breve autopresentación, el artículo continúa así: 225

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