derrota en la Guerra del Pacífico, se juzga que la responsabilidad de este menoscabo recae en la clase dirigente, en la «aristocracia» u «oligarquía», pues no habría estado a la altura de las tareas históricas que podrían justificarla. En el proceso de emancipación no se jugó por entero por la causa separatista. Más tarde, en el inicio de la República, no pudo controlar los desmanes del caudillismo. Y la gran oportunidad que significó el guano la aprovechó para enriquecerse, en vez de ponerse a la cabeza de un proyecto de consolidación nacional. El fracaso del país sería pues responsabilidad de la «aristocracia». Si vemos este razonamiento más de cerca, observamos que tiene un fundamento jurídico y moral que nace de la vivencia de estar excluido. La aristocracia está en el banquillo de los acusados y se la inculpa por no haber hecho su tarea. Detrás de esta argumentación está la expectativa de que la «aristocracia» debió ser una auténtica burguesía, capaz de ponerse a la cabeza de un proyecto nacional, de forma que el Perú fuera una sociedad legal, de ciudadanos fraternos, en vez de ser un territorio sin ley, una agrupación de mestizos e indígenas apátridas, donde no hay sentido de colectividad y reina la ley del más fuerte. La «aristocracia» resulta pues culpable, sin atenuantes. Su espíritu de clan, su escasa moralidad y su distancia respecto al país habrían determinado que no jugara el papel que la hubiera podido justificar. Visto a la distancia, resulta claro que este diagnóstico subestima el carácter burgués y el dinamismo empresarial de las élites criollas, proceso reforzado por la migración, especialmente italiana, de fines del siglo XIX y principios del XX. En todo caso, a partir de la hegemonía que va adquiriendo este diagnóstico, se vislumbra, poco a poco, una serie de posibilidades. Para el Apra, en ese entonces en pleno proceso de gestación, la respuesta al problema nacional sería la expropiación de parte, o de toda, la riqueza de los «barones» y el reforzamiento del papel del Estado bajo el control de las clases medias y populares. Pero, para Mariátegui, la solución pasa por la reinstitución del comunitarismo indígena como modo de funcionamiento de toda la economía peruana. Este hecho supondría, aunque Mariátegui no es muy explícito al respecto, una gran rebelión del campesinado indígena. Pero, otra vez, más que una explicación histórica se trata de un enjuiciamiento moral. En verdad, ni la «aristocracia» ni la «oligarquía» se propusieron crear una nación democrática en el Perú. Entonces, ¿por qué se les habría de juzgar a partir de la constatación de no haber hecho lo que no se proponían hacer? Esta posición que responsabiliza a la «oligarquía» 224
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