La urgencia por decir nosotros

nacionalidad en formación... sin el indio no hay Peruanidad posible» (1972a, p. 42). Lo que media entre los dos artículos es la interlocución con el indigenismo. Más allá de su reivindicación de justicia y de su lucha contra el gamonalismo, Mariátegui valora en este movimiento intelectual la importancia que otorga a la comunidad, o ayllu, como institución fundacional del mundo indígena. Entonces se ilusiona con la posibilidad de una vía peruana al socialismo, un camino que supone el rescate de la ancestral tradición comunitaria. Esta tradición podía servir de fundamento a un «socialismo indoamericano». El diálogo con Luis E. Valcárcel e Hildebrando Castro Pozo fue decisivo para que llegara a estas ideas, pues Mariátegui apenas conocía el mundo andino49, en ese entonces muy alejado de la capital por lo incipiente de los medios de comunicación. Este proyecto aparece ya esbozado en el editorial del primer número de la revista Amauta50: «El título no traduce sino nuestra adhesión a la raza, no refleja sino nuestro homenaje al incaísmo» (1926, p. 1). Y, mucho más perfilado, en el editorial que corresponde al segundo aniversario de Amauta: «El socialismo […] está en la tradición americana. La más avanzada organización comunista, primitiva, que registra la historia, es la inkaica. No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva» (1928, p. 1). El indigenismo, si lo entendemos en un sentido muy amplio, como admiración por lo «inkásico», es también parte de la tradición oficial criolla. En efecto, el mundo criollo hizo suya la visión del Imperio incaico propuesta por Garcilaso de la Vega: una sociedad basada en ayllus o comunidades, en agrupaciones humanas que mantenían una propiedad común de la tierra. Y aunque el gobierno del inca podía concentrar el poder, su régimen era justiciero y benevolente. Nadie pasaba hambre. Y todos trabajaban. No obstante, para Mariátegui el hacer propias las tesis indigenistas implicaba ir mucho más allá que la tradición criolla. En vez de seguir compartiendo el axioma criollo de que con la Conquista se habría producido una «degeneración de la raza», Mariátegui comienza a asumir que el pueblo indígena conservó su colectivismo y que en ese legado están las claves del futuro peruano. 222

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