La urgencia por decir nosotros

ironía deja lugar a una crítica que no se prodiga en adjetivos pero que tampoco hace concesiones. La tercera tradición proviene de su estancia en Europa: se trata de su adopción del marxismo como matriz organizadora de su visión del mundo, aunque debe mencionarse que Mariátegui cultiva una aproximación propia, personal, a la teoría. Desde esta originalidad se comprende, por ejemplo, el valor que le otorga a la cultura y a la vida cotidiana, factores tan disminuidos por la ortodoxia economicista. Para Mariátegui el marxismo era ante todo un mito, una creencia que fundamentaba una apuesta por construir una sociedad donde la justicia y la belleza fueran los valores supremos; así entendía el socialismo. Pero también era un canon interpretativo, un repertorio de hipótesis que permitía hacer sentido de hechos dispersos, por sí mismos poco inteligibles. No es que Mariátegui prescindiera totalmente de la ortodoxia y sus reclamos. En todo caso, en el núcleo de sus escritos está el esfuerzo por sostenerse en esperanzas razonables, en su necesidad de creer en algo justo y hermoso que significara un camino, un sentido, para sus compañeros de generación. Y cuando estas esperanzas dejan de aparecer como verosímiles, aun cuando se vaya quedando solo, Mariátegui va a perseverar en su apuesta por un socialismo indígena y nacional, una posibilidad que no fuera calco o copia, sino «creación heroica». Pero este voluntarismo se alimenta, como veremos, de un deseo de exclusión que impone un límite a su lucidez. El cuarto elemento, finalmente, es el más tardío, pero no el menos decisivo: la asimilación del indigenismo. Se trata de un proceso rápido y radical, y puede ser fechado con cierta precisión. A fines de 1924, en «Lo nacional y lo exótico», escribe: «EI Perú es todavía una nacionalidad en formación. Lo están construyendo sobre los inertes estratos indígenas, los aluviones de la civilización occidental. La conquista española aniquiló la cultura incaica. Destruyó el Perú autóctono. Frustró la única Peruanidad que ha existido. Los españoles extirparon del suelo y de la raza todos los elementos vivos de la cultura indígena» (1972b, p. 36). Estas frases, duras y categóricas, forman parte del discurso criollo, del sentido común de la época. La cultura indígena está muerta, es solo una sobrevivencia agotada y sin futuro. No obstante, apenas dos meses más tarde, en «EI problema primario del Perú», refiriéndose a la cuestión del indio escribe que «[…] es el problema de la nacionalidad. La escasa disposición de nuestra gente a estudiarlo y a enfocarlo honradamente es un signo de pereza mental y, sobre todo, de insensibilidad moral […]. EI indio es el cimiento de nuestra 221

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