La urgencia por decir nosotros

antipatía contra los «aristócratas» y sus grandes apellidos. Pero sobre las razones personales de este sentimiento solo nos referiremos en una nota. Una segunda tradición que define la perspectiva de Mariátegui se origina también en su primera juventud y proviene del periodismo. Me refiero a la lúcida independencia con la que da cuenta de la realidad del mundo. Por la enfermedad que le abatió cuando niño48, Mariátegui no llegó a culminar el primer año de primaria. Su formación es pues la de un autodidacta. Más libre, menos sojuzgada a un sistema escolar que suele anteponer los conceptos a la experiencia, la memoria a la reflexión, la impavidez a la sorpresa. Mariátegui publica su primer artículo periodístico en 1911, a los diecisiete años. Desde entonces, y hasta 1919, su género favorito es la crónica, en todas sus variedades. Nada escapa de su mirada, que pretende describir todas las facetas del mundo social limeño: la política, los espectáculos artísticos, la moda, los sucesos policiales, las manifestaciones religiosas. Sin partidarismos explícitos, desde una posición estetizante y hasta quizá desasida, Mariátegui firma sus escritos como Juan Croniqueur. Y a los veinte años es ya un periodista reconocido que pretende una independencia absoluta, que ejerce una inteligencia que no está acostumbrada a hacer concesiones. Escribe todos los días y lo hace en una prosa ágil y fluida, musical. No son frases esculpidas o repensadas. Su dominio de la escritura proviene de la claridad de sus ideas, pero también de abandonarse a la espontaneidad de su inspiración. No se enreda con conceptos o teorías. No pretende grandes explicaciones. En todo caso, sus comentarios sobre la política criolla, dominada por las grandes familias, están permeados por una distancia irónica, por la perspectiva de un espectador que describe lo que pasa pero que también se divierte por la ligereza y falta de sustancia de los personajes públicos y la poca perspectiva de su quehacer. Como si la vida política nacional fuere una comedia graciosa, pero finalmente trágica por su alejamiento de las necesidades del país. Su maestría —tan temprana— en el manejo de las palabras acusa a un lector atento y a un pensador permanente, a alguien que está depurando siempre la sustancia de lo leído y observado. Más tarde, a su regreso de Europa en 1923, Mariátegui cambia la crónica por el ensayo. Ya no le interesa tanto describir sucesos cuanto explicar procesos. De la calle se traslada al escritorio, y la observación directa es reemplazada por la lectura y el diálogo con otros autores. No obstante, la facilidad de su prosa sigue siendo la misma. No hay asunto, por intrincado que sea, que no se rinda al sencillo discurrir de su escritura. Finalmente, la 220

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