La urgencia por decir nosotros

ligera, en casa, en cambio, se convertía en una beata fanática que gran parte de su tiempo lo dedicaba a la religión. Tenía un cuarto que usaba como oratorio, de cuyas paredes colgaban cerca de 60 cuadros de santos, cosa que a mí me impresionaba mucho. Allí, junto con la servidumbre, nos hacía rezar todos los días el rosario. Sostuvo muchas obras pías y protegió a entidades religiosas» (Valcárcel, 1981, p. 128). 217

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