En su madurez, Valcárcel profundiza sus estudios de historia del Perú antiguo. Y su bibliografía es extensísima. No obstante, ninguno de sus textos alcanzó a tener el impacto de Tempestad en los Andes, libro que es la revelación del indigenismo peruano, con sus contradicciones y mistificaciones; pero también con su poesía y fuerza expresiva. 40 En sus Memorias, Valcárcel escribe que había escuchado en su infancia que «Domingo Luis Astete fue compadre de Pumacahua, quien —según se contaba— le dijo en cierta ocasión que tenía suficiente oro como para gobernar el Perú. Vendándole los ojos lo condujo donde lo guardaba y le volvió a manifestar que de él se podía disponer para la revolución. Domingo Luis Astete fue con un acompañante que iba soltando unas cuentas para ir marcando el camino, pero los indios descubrieron la artimaña y las fueron recogiendo, por lo que los Astete no pudieron conocer el paradero del tesoro de los incas. Esta era una tradición más, de las que se contaban sobre el oculto tesoro incaico. Romualdo Aguilar nos la narraba con mucho ímpetu y al final afirmaba que al producirse la revolución de Mateo Pumacahua, Domingo Luis Astete se retractó y no participó en ella sino al final» (Valcárcel, 1981, p. 27). 41 La historia de Valcárcel se asemeja en mucho a la que Arguedas incluye en Todas las sangres, a propósito de don Bruno Aragón de Peralta: gamonal lujurioso que movido por la culpa y el arrepentimiento decide contraer matrimonio con una modesta campesina, convirtiéndose luego en vengador y justiciero de los indígenas, asesinando a don Lucas, la figura más emblemática, por su impiedad y dureza, y la opresión sobre los indios. 42 En 1867, Juan Bustamante, en su «Introducción a la historia antigua del Perú», escribe: «Cuando los indios cansados de sufrir levanten su abatida frente, cuando al grito de guerra tiemble la costa del Perú y los muros de su capital se estremezcan, los lugares de recreo se bañen con sangre; entonces solo se reconocerá el poder de los pueblos, la robustez de la mano indígena, que arrasando los monumentos de la civilización, coloca sobre sus ruinas y edifica sobre los cráneos de los blancos el trono donde deba reinar en lo sucesivo una libertad salvaje, a quien aún hay tiempo de engalanarla, con la justicia y reformas que han menester los pueblos para su engrandecimiento y tranquilidad posterior» (citado en Tamayo Herrera, 1981, p. 29). La posición de Valcárcel es distinta a la de Bustamante, aunque ambos compartan la inminencia de una venganza sangrienta de parte de los indígenas. Y la diferencia testimonia la novedad que significa Valcárcel: mientras en Bustamante la venganza significa el retorno a un salvajismo primitivo, en Valcárcel los indígenas son representados como eximios creadores de cultura. 43 «En las reuniones sociales era sumamente entretenida, cantaba con dulzura y declamaba poesías con arte y expresividad. Si bien tenía ciertas inquietudes intelectuales que nos trasmitió, no le perdonaba su antiindigenismo. Llamaba la atención por su belleza, tenía la piel blanca y suave y el cabello hermoso. Mientras mi padre fue un hombre afable y comprensivo, con quien siempre tuvimos una relación cordial, con mi madre las cosas fueron un tanto difíciles, en razón de su carácter, conflictivo y tenso. Hubo en ella una visible peculiaridad, si en público era entretenida y 216
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