La urgencia por decir nosotros

Si bien la realidad ha confirmado, en gran medida, la profecía de Valcárcel, el proceso histórico ha sido mucho más complicado que lo imaginado por el autor de Tempestad en los Andes. Los cambios han sido mucho más lentos y enrevesados. En realidad, más allá de su retórica profética, Valcárcel da cuenta de los cambios moleculares que se están produciendo en la sociedad indígena. No obstante, a la hora de trazar un panorama global, se apega a una visión apocalíptica, centrada en la inminencia del Yawar Inti. Dentro de los cambios moleculares que Valcárcel observa con aprobación está el desarrollo de la escuela, impulsado en mucho por la prédica adventista. El adventista es el verdadero cristiano que no teme darle la mano al indio, que le enseña a leer y escribir, que lo anima a dejar el alcohol y la coca, que le propone un horizonte de dignificación que los indios han comenzado a hacer propio. También se trata del servicio militar que, pese a iniciarse como un rapto, termina por producir un «nuevo indio», más seguro, más dispuesto a asumir su rebeldía. Hasta el montar a caballo es una experiencia que empodera y produce al «nuevo indio». Entonces, ¿qué podemos concluir? Valcárcel es testigo de los cambios que se están cocinando, de los nuevos «hervores» que surgen por todas partes, pero estos cambios moleculares no lo satisfacen, pues su deseo apunta a una transformación más rápida y contundente. IX La preeminencia que Valcárcel otorga al Cusco como la matriz de la «resurrección andina» requiere un comentario aparte. Así como el indio se opone al blanco, de la misma manera la sierra se opone a la costa. «En las sierras lo indio se impone, a las orillas del mar, lo español» (1975, p. 115). Existieron dos coloniajes: el coloniaje de Lima, pleno de sibaritismos y refinamientos, con un acentuado perfume versallesco —la Perricholi su símbolo —; y el coloniaje del Cusco, austero hasta la adustez, varonil y laborioso. La colonia costera tiene su tradicionalista en Ricardo Palma. La colonia serrana no está historiada. […] San Martín se adormeció en sus brazos con laxitud capuana, en tanto que Bolívar se vigorizó en los fríos climas de los campos serraniegos […]. Lima fue dos veces violada por el invasor extranjero, y su feminidad se exacerbó siempre en su 209

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