La urgencia por decir nosotros

«Altanero dominador de cinco siglos: los tiempos son otros. Es la ola de los pueblos de color que te va a arrollar si persistes en tu conducta suicida». Este es «el apóstrofe» que hace Valcárcel, el joven intelectual, a los miembros de su grupo social. Se trata de crear una nueva subjetividad definida por ver en el otro, en el indio, una persona digna, con iguales derechos que los «blancos». Si se persiste en el abuso, el empuje indígena arrollará a los blancos. Es la vieja fantasía de la rebelión asesina de la «indiada». Fantasía que es como el eco del trauma que la resistencia indígena dejó en la memoria de los conquistadores y sus descendientes, empezando por la lucha contra los invasores en el siglo XVI y continuando con la gran sublevación de Túpac Amaru, para proliferar luego en cientos de rebeliones más acotadas pero igualmente sangrientas. En realidad, aunque lo pretendieran ocultar, los «blancos» tenían temor de los indios. Este temor es aplacado con un despliegue de violencia que pretende negar la misma posibilidad de una rebelión indígena, y que fuerza al indio a performar su miedo y mansedumbre, ratificando entonces el prejuicio de su inferioridad. Hay pues algo perverso en el gamonalismo. Cuanto más temor tiene el patrón de una posible rebelión, su actitud será tanto más inhumana y despótica. Pero estos tiempos ya han terminado. Si los conquistadores no cambian, lo que vendrá es el «gran día sangriento», el Yawar Inti: la guerra de razas. «El vencido alimenta en silencio su odio secular; calcula fríamente el interés compuesto de cinco siglos de crueles agravios. ¿Bastará el millón de víctimas blancas?» (Valcárcel, 1975, p. 24)42. Ahora bien, Valcárcel imagina que la nueva conciencia indígena proviene de los avatares de la raza o del apóstrofe de ese viejo magistrado que produce al indio rebelde. El viejo magistrado es una figura simétrica a don Rodrigo. Ambos rechazan la sociedad en la que viven. Pero mientras don Rodrigo, milagrosamente, cambia, y está aún «a tiempo», el viejo magistrado ha perdido toda esperanza en torno a una evolución pacífica. VIII Es significativo que Valcárcel imagine cambios drásticos. O los blancos cambian o la rebelión indígena no dejará señor con vida. El Perú vive pues momentos decisivos. Lo que no está en duda es el empuje indígena. «De los Andes irradiará otra vez la cultura» (1975, p. 103). Los indígenas se enseñorearán, nuevamente, por las buenas o por las malas, de la sociedad peruana. 208

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