La urgencia por decir nosotros

del cabrero. La disparidad de las condiciones sociales no impide la atracción y el amor, pero la cantidad de tabúes sociales dificulta su germinación en un vínculo formal y, menos aún, en un matrimonio, con todas las de la ley. Pero esta vez la situación es diferente, pues a través del amor por Antucacha en don Rodrigo se abre paso la comprensión de la plena humanidad de sus indios. Y de allí a la culpa, el arrepentimiento y el deseo de reparación no hay más que un paso. Para empezar, don Rodrigo se abstiene de la habitual violación. «Había que conquistarla por el amor y la delicadeza como el caballero a su dama». El delicado galanteo confunde a la joven indígena. Pero «tupíase la malla del sostenido idilio. Y la hija del cabrero amaneció, cierto día del floreal de octubre, en el aposento del señor […]. A nadie extrañó una barragana más del patrón» (Valcárcel, 1975, p. 75). Pero Antucacha se convierte en la «ama Antonia». Nadie sabe cómo reaccionar frente a lo insólito de la situación. Los parientes del poderoso hacendado, los mestizos y los indígenas, pretenden ignorar el acontecimiento. Aunque cada grupo le dé una significación peculiar. Las cosas cambian cuando don Rodrigo llama a su capellán para que arregle su matrimonio con Antucacha. El reverendo no puede creer lo que oye. «¡Pero, señor Don Rodrigo, flaquea su razón! ¡Con una india, con una esclava, con una plebeya, va a unir su sangre el nobilísimo señor don Rodrigo! Imposible, es una ofuscación que Dios disipará […]. La sociedad no perdonará la ofensa. Dios mismo…» (Valcárcel, 1975, p. 76). Pero don Rodrigo está decidido: «La sociedad no me importa; bien sabe que la desprecio. Dios aprobará mi resolución. Tiendo la mano a los humildes. ¿No somos todos sus hijos iguales?» (Valcárcel, 1975, p. 7677). Rodrigo no acepta siquiera el consejo de un matrimonio secreto. Insiste en un evento público por todo lo alto. Y cuando se le pregunta por sus razones, contesta: Aparte de [que] mi amor por Antonia es lícito, y mi estima por su honor es tan alta, debo a la Raza un desagravio. Cuarenta años la ofendí, oprimiéndola. La virtud femenina se deshizo en mis manos: atenté contra ella no dejando flor sin marchitar. Muchas lágrimas derramaron las madres; no estalló en violencias la rabia contenida de los hombres así vejados, pero sangró su corazón en silencio […]. Me respetaron siempre. Creíanme acaso un ser superior; pero, no era yo, en el fondo, sino un cobarde. Después de cuarenta años de tal vida, Dios ha iluminado mi corazón. El noble apellido de los Pérez de Urarte, Mendive y 206

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