La ronca bocina, el vernáculo pututu, inunda el espacio con sus sones de guerra. Con el auto de fe, ha comenzado la venganza. (Valcárcel, 1975, pp. 59-60). Para Valcárcel, el catolicismo es una fuerza de sujeción del pueblo indio, acaso la más poderosa. La liberación pasa por repudiarlo. En otro de los relatos, «Los vampiros», se narra la existencia de una comunidad indígena, próspera y orgullosa. Tanto bienestar azuza la codicia de los mestizos. Valiéndose del juez, incautan ganados, incendian viviendas y apresan a todos los pastores de la comunidad. Una noche, sin embargo, los indios logran fugarse. En los siguientes meses la provincia se estremece por la aparición de una banda de forajidos. «Sus procedimientos eran siempre iguales: robo, violación, asesinato, incendio» (Valcárcel, 1975, p. 53). «El pecado de las madres» es un relato donde Valcárcel se sitúa como prisionero del horizonte racista de su época. La historia es trágica. Una madre tiene dos hijos: Fabián e Ismael. Pero solo uno de ellos es hijo de su marido. El otro, Fabián, el mayor, resulta de la violación a la que fue sometida por el hacendado. Su esposo Lucas lo tolera, pero no lo asume como hijo. Fabián es mestizo y desde niño da muestras de una voluntad de dominio que lo lleva a rechazar todo lo indio y entrar en conflicto con Ismael. Más aún porque Fabián es el favorito de su madre. Los celos y el odio anidan con fuerza en el corazón de Ismael. «Él se sentía indio puro, corría la sangre india por sus venas y odiaba al blanco». «Ella amaba solo al “otro”, al hijo impuro, al engendrado por la violencia» (Valcárcel, 1975, p. 49). Finalmente, ocurre lo inevitable. Ismael asesina a su hermano aprovechando de su ebriedad. El «pecado de las madres» está, pues, en la atracción que sobre ellas ejerce el blanco, en su disposición a perdonar la violación y, sobre todo, en su inclinación a amar a su criatura mestiza por encima de su otro hijo, el «indio puro». No menos racista es la idea de una superioridad natural de Fabián, de su innata tendencia a mandar y rechazar lo indígena. VI Un relato que merece especial atención, pues pone en evidencia una de las vertientes del deseo de Valcárcel, es «El amor de don Rodrigo». En la historia ocurre que el amor, con su poder redentor, diluye antagonismos y abusos, y abre una época marcada por la aproximación y la igualdad. Don Rodrigo, un poderoso hacendado, está enamorado de Antucacha, la hija 205
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