La urgencia por decir nosotros

otros ojos. Ellos son cómplices de su miseria, pues han renunciado a la dignidad humana, se dejan pisotear. El viejo magistrado de la historia relatada por Valcárcel tiene un discurso que parece inspirado en «Nuestros indios», de Manuel González Prada. «El apóstrofe», la dura confrontación a la que el viejo magistrado somete a los indios, tiene el efecto de desarmar el modelo de identidad servil. Y galvanizar, a partir de toda la inconformidad flotante en el ánimo indio, un nuevo sujeto, un hombre que desea ser tratado con dignidad, como un igual. El viejo magistrado representa una figura singular dentro del mundo misti. Es alguien cansado de los abusos; cree que la ley y la justicia deben estar al alcance de todos, pero sabe demasiado bien que los indios, tratando de incitar la compasión, nada obtendrán. Solo desde la rebeldía será posible cambiar las cosas. IV En la parte segunda («Detrás de las montañas») y en la tercera («La sierra trágica») de Tempestad en los Andes, Valcárcel ensaya pequeños relatos que pretenden representar una suerte de radiografía de la sociedad andina. Se trata de mostrar lo que siendo invisible a la mirada de los no indígenas es, sin embargo, esencial para comprender su mundo ignorado. En estas narraciones prima una imagen idílica de los campesinos. Su vida se organiza en torno a la comunión con la naturaleza, la solidaridad entre los miembros del ayllu, la alegría de las fiestas, la compenetración con las mujeres, laboriosas y entregadas. Estos tópicos son bien conocidos, pues son los pilares del indigenismo y su visión idealizada del mundo indígena. Pero Valcárcel introduce representaciones intempestivas, inesperadas. Ello ocurre en los relatos «Secreto de piedra» y «El tesoro de los incas». Allí se ofrece una explicación alternativa a lo que el gamonalismo calificó como «estolidez» del indígena. En «Secreto de piedra», Valcárcel nos dice: […] cuando el indio comprendió que el blanco no era sino un insaciable explotador, se encerró en sí mismo. Aislóse espiritualmente, y el recinto de su alma —en cinco siglos— estuvo libre del contacto corruptor de la nueva cultura. Mantúvose silencioso, hierático, cual una esfinge. Se hizo maestro en el arte de fingir, de ocultar la verdadera intención […]. A nadie revela sus secretos. La virtud medicinal de las yerbas, la curación de enfermedades desconocidas, el derrotero de minas y riquezas ocultas […]. En cambio él se informará bien pronto 202

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx