La escena descrita por Valcárcel es paradigmática, pues revela el discurso que, a su criterio, los indígenas necesitarían oír para dejar de ser siervos, indios. Y es que abandonados a sí mismos, a su propia espontaneidad, se encierran en la autocompasión; entonces, traspasados por la humildad, buscan suscitar pena, tratan de ganar la compasión de sus opresores. Pero esta no es la manera de encontrar la anhelada justicia. Así no van a ningún lado. Aquella tarde —lo recordaban como si fuera ayer— fue la comisión a entrevistarse con un antiguo magistrado. Tenía el anciano fama de cascarrabias, un genio de todos los diablos. Temerosos, temblando casi, los ocho, traspusieron el zaguán de la casona. El viejo leía sentado al sol. Los indios al verle se descalzaron, y todos gimientes iban ya a prosternarse ante él. Irguióse el magistrado y, en violenta actitud, les apostrofó de esta manera: —Indios cobardes, miserables esclavos, ¡sayariichis! Así derechos, la cabeza levantada, mirándome de frente, a los ojos […]. Los ocho campesinos se quedaron estupefactos. ¿Alguien les había hablado nunca de esa manera? En lo crepuscular de su conciencia sentían el fosforecer de un estado psíquico nuevo. El anciano les escuchaba la eterna queja. Habían sido despojados de sus tierras y animales. Estaban en la calle y no había para ellos justicia. —«¡No la habrá, que no la haya nunca, para vosotros, sufridas bestias, viles alimañas, que besan la mano que los castiga! Mientras no seáis hombres, mientras no hayáis recuperado la dignidad de seres humanos, sufrid en silencio. Merecido lo tenéis por cobardes». La palabra del viejo era como plomo derretido: les quemaba las carnes; era también como un filtro maravilloso que se vertía allá en lo profundo de su ser, circulándoles por el alma, como la sangre por el cuerpo […]. Y en la soledad de la tarde, cuando los cerros poníanse lentamente oscuros, el apóstrofe despertaba las conciencias. No, no serían más indios cobardes, miserables esclavos. Serían hombres, hombres libres con la vista alta, la cabeza erguida, las manos prontas al apretón amistoso de igual a igual (Valcárcel, 1975, p. 30). «El apóstrofe» es una recriminación que inculpa a los indios como responsables de su propia desgracia. Donde los indios esperaban encontrar compasión y solidaridad reciben una interpelación que los conmina a verse de otra manera. No como víctimas, pobrecitos; sino como cobardes sumidos en una impotencia de la que no quieren sacudirse. Los insultos del magistrado describen la situación en que viven y los empujan a verla con 201
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