La Raza, en el nuevo ciclo que se adivina, reaparecerá esplendente, nimbada por sus eternos valores […]. Es el avatar, la incesante transformación, ley suprema que todo lo rige […]. Los Hombres de la Nueva Edad habrán enriquecido su acervo con las conquistas de la ciencia occidental y la sabiduría de los maestros de oriente […]. Se producirá la armonía del Oriente y Occidente, cerrando la curva abierta milenios atrás. Se cumple el avatar: nuestra raza se apresta al mañana: puntitos de luz en la tiniebla cerebral anuncian el advenimiento de la Inteligencia en la actual agregación subhumana de los viejos keswas (Valcárcel, 1975, p. 22). Si Valcárcel usa esta retórica de la persuasión —donde el cambio, el resurgimiento, aparece como necesario y automático— es porque, justamente, ese cambio no resulta demasiado notorio, de manera que es necesario incidir en su carácter milagroso e inevitable. Valcárcel anuncia que algo increíble está por ocurrir. Increíble, incluso para el propio Valcárcel que también piensa, muy adentro del horizonte de su época, que los «keswas» son una agrupación «subhumana», que vive en una «tiniebla cerebral». III Esta poderosa retórica es el marco poético y filosófico en el que Valcárcel plantea que el protagonismo en la historia peruana, tanto en el pasado como en el presente, pertenece al mundo indígena. El Perú vive un perenne conflicto entre los «Hombres Blancos» y la «Raza de Bronce». «[…] guerra sin tregua, todavía sin esperanzas de un pacto de paz» (Valcárcel, 1975, p. 26). Pero las cosas están cambiando. Por de pronto: «El campesino de los Andes desprecia las dulces palabras de consuelo» (p. 27). El empuje indígena no podrá nacer de la compasión de los vencedores. Pero, tampoco, de un cambio interior de los vencidos. La palabra que transforma, que cataliza la esperanza de los vencidos, nacerá de un personaje del mundo de los vencedores. Alguien totalmente improbable, pues su figura representa la institucionalización de la injusticia y el abuso contra los indígenas. Se trata de un «viejo magistrado». Un agente de ese poder judicial que cohonestó el despojo de las tierras comunales de los indios. Un poder que ha significado para los indígenas una esperanza cruel y falsa, una decepción continua. Y es que no solo perdían sus juicios, sino que en los largos procesos eran esquilmados por abogados y tinterillos que los ilusionaban con una justicia que para ellos no existía. 200
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