La urgencia por decir nosotros

La raza aparece como una realidad milenaria, eterna, que puede morir pero que igual resucitará, de la misma manera que la naturaleza, que parece muerta en el invierno y revive con inusitada fuerza en el «milagro primaveral». La resurrección de la raza recién se está insinuando. Por ahora es solo un «leve agitar de las alas», un «lentísimo arrastrarse de orugas». El «resurgimiento indígena» es postulado como un hecho tan natural como el despertar de la vegetación en la primavera. Forma parte de una suerte de «ciclo cósmico», trascendente, inevitable. Es claro que Valcárcel despliega, en su enunciación, una estrategia persuasiva basada en el uso de metáforas que proyectan sobre la historia de los pueblos la dinámica propia de la naturaleza y de sus ciclos estacionales. En realidad, se trata de hacer verosímil la posibilidad de que el mundo indígena, asumido por el sentido común gamonal como una suerte de «fósil», pueda retornar a la vida. Pero más significativo aún es que Valcárcel emplee la palabra avatar para referirse a estos cambios cósmicos de la «raza». Avatar remite al sánscrito y la religión hindú. En esta tradición mitológica, significa el descenso del dios Vishnu sobre la Tierra, su metamorfosis en una figura humana. Lo trascendente y eterno se encarna en formas perecederas y cambiantes. En la elaboración de Valcárcel, el dios Vishnu es reemplazado por la raza, que es así divinizada, sacralizada como una suerte de agente que cambia todo el tiempo pero que se mantiene esencialmente igual. Puede ser hoy un imperio y mañana un hato de esclavos. No importa. La raza permanece idéntica a sí misma […]. El indio vestido a la europea, hablando inglés, pensando a la occidental, no pierde su espíritu. No mueren las razas. Podrán morir las culturas, su exteriorización dentro del tiempo y el espacio […]. De las tumbas saldrán los gérmenes de la Nueva Edad. Es el avatar de la Raza. (Valcárcel, 1975, p. 21). Entonces, para fundamentar la verosimilitud del renacimiento del pueblo indígena, no le basta a Valcárcel apelar a las metáforas de la naturaleza. Un recurso, aún más poderoso, es la divinización de la raza como principio eterno pero siempre mutante, siguiendo vicisitudes que se anuncian y adivinan antes de que se desarrollen en toda su contundencia. 199

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