con que convoca a los ideales cristianos de justicia y reparación que, pese a ser sistemáticamente traicionados, son el fundamento mismo de la sociedad en que vive. La preocupación central de Valcárcel no es dar a su discurso una fundamentación científica que permita descubrir realidades desconocidas. Lo que él dice tendría que resultar evidente a cualquier lector con tal que no esté enceguecido por la complicidad con el abuso. Pero, igual debe tenerse en cuenta que ese decir suyo es portador de una vocación de protagonismo personal y de grupo, de manera que es también una protesta y una demanda de poder hecha por un representante de una élite regional que, por su proximidad e identificación con el indio, se concibe como su representante natural. De otro lado, ese decir, aunque esté hilvanado por el deseo de liberación y justicia, participa en el horizonte de creencias de su época. Entonces, Valcárcel no escapa totalmente del racismo. Quizá lo más sintomático de su visión del indio sea precisamente la ambigüedad, una actitud donde se mezclan la animalización con la idealización del indígena. En muchas de sus historias permanece la idea de una superioridad intrínseca de lo blanco. Pero, en otras, ocurre lo inverso: lo indígena es concebido como moralmente superior a lo blanco. II Las causas de la «resurrección indígena» no quedan claramente determinadas. Por momentos, Valcárcel apela a un concepto esencialista de «raza» que es, en definitiva, poético e imaginativo; en ese concepto místico de raza se expresan deseos de justicia, integración y paz. Era una raza muerta. La mataron los invasores hasta a sus dioses. La españolada había caído sobre el jardín inkaiko con la implacable y universal fuerza destructora de un crudo invierno. Pasaron los siglos; para la raza era ayer. Los agostados campos se desentumecen de su sueño de piedra. Hay un leve agitar de alas. Quedamente se percibe un lentísimo arrastrarse de orugas; algo como sordo preludio de lejana sinfonía. La naturaleza vive el milagro primaveral. La masa informe de los pueblos muertos se mueve también y todos los sepulcros tornaránse matrices de la Nueva Vida. Hay un milagro primaveral de las razas. ¡Déjadnos vivir! De todas partes sale el grito uniforme. (Valcárcel, 1975, pp. 19-20). 198
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