evolución basada en el reconocimiento mutuo, una reconciliación, que evitaría el baño de sangre que parece —casi— inevitable. Y es que la sociedad peruana, desde la invasión española, vive en medio de una guerra de razas donde los blancos van ganando, de manera que reproducen cotidianamente su victoria inicial en un dominio cruel y deshumanizante sobre los indígenas. Frente al dilema de evolución pacífica o baño de sangre, Valcárcel no pretende dar una respuesta definitiva. No obstante, es claro que su deseo apunta a la reconciliación, a la liberación de los indios y a la refundación del Perú como una nación de mayoría indígena, orgullosamente enraizada en su pasado. En este panorama, los criollos y blancos no tendrían por qué desaparecer, pero el destino del Perú pasaría a estar en las manos de los indígenas. Se establecería entonces una sociedad que albergaría dos mundos: indígena y criollo. En este sentido es muy significativo que Valcárcel apenas plantee el tema del mestizaje, pero esta opción se entiende mejor si tenemos en cuenta que el mestizo es para Valcárcel el verdadero «degenerado». El mestizo es el parásito alcoholizado que chupa la sangre de los indígenas. Para el «nacionalismo criollo» el dilema del Perú es, o bien la inacción que perpetúa la «abyección» de la raza indígena, o bien una política decidida que lleve a la regeneración del indio y a su integración a la nacionalidad. La segunda opción implica sobre todo un gran esfuerzo educativo que liberaría al indio de fiestas y borracheras, del alcoholismo y el consumo de coca, de las supersticiones y el servilismo; es decir, de todo aquello que lo envilece. No obstante, Valcárcel cifra de otra manera el dilema peruano. Los indígenas están saliendo de su marasmo, de modo que, o se les abre paso para que asuman la conducción de la sociedad peruana o, si el abuso permanece, la guerra latente de razas se convertirá en un conflicto sanguinario en el cual la mayoría de los blancos terminarían asesinados o expulsados del país. En realidad, Valcárcel no llega a ser explícito respecto al Perú del futuro. Se limita a fundamentar el «empuje», el «despertar» indígena. Para empezar, no dice nada de la sociedad criolla, salvo que ella, y su prolongación misti en la sierra, abusan de los indios de una manera que va en contra de la ley, la moral y la religión. Valcárcel, como señala Mariátegui, pone en práctica una enunciación mítica y profética. El trasfondo de su escritura es poético. El poder de su discurso radica, en buena medida, en la belleza de su prosa, en la fuerza 197
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