La urgencia por decir nosotros

Figura 3. Q’ero tocando quena, Cusco, ca. 1915-1920 (foto de Juan Manuel Figueroa Aznar). Figueroa Aznar, 2010, p. 59. El libro de Valcárcel ignora esta realidad y trata de convencer a sus lectores de algo que, en la época, distaba de ser evidente: el valor del mundo indígena. Y si Tempestad en los Andes representa una ruptura, y un acontecimiento, es porque no se agota en la convocatoria a sentimientos filantrópicos o de piedad hacia el indio, tal como había sucedido con el indigenismo tradicional, que llamaba a la protección de los «pobres» indígenas o a la formación de alguna clase de patronato que a través de la educación podría redimirlos. Valcárcel va mucho más allá, pues imagina que los mismos indios, en su época tan despreciados, serían los conductores del Perú. Entonces el resurgimiento indio que Valcárcel avizora es más una fe, una intuición, un deseo, que una realidad constatable, al menos para la mayoría de quienes podían acceder al libro. En todo caso, Valcárcel da por supuesta, como fundamento de su visión del Perú, la resurrección de la raza. Esta situación coloca a la sociedad peruana frente a un dilema crucial. Los criollos y los mistis, ¿aceptarán renunciar a sus ilegales e inhumanos privilegios? ¿Reconocerán los derechos de los indios? Valcárcel sugiere que el cambio de la imagen del indio y el reconocimiento de sus derechos son, para los criollos y mistis, como la cara y el sello de una misma actitud, una que permitiría un cambio pacífico. Sería entonces posible una 196

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