La urgencia por decir nosotros

llamado a convertir al Perú en una sociedad integrada, a la vez nacional y democrática. Pero los esfuerzos e ilusiones no arrojan los resultados esperados. La decepción más terrible viene cuando José Pardo, el «presidente heredero»29 y prohombre del civilismo, a quien Riva Agüero apoyó, prefiere mantener su alianza con los políticos tradicionales en vez de optar por Víctor Andrés Belaunde como diputado por una provincia arequipeña30. Sea como fuere, con la caída del civilismo aristocrático y el encumbramiento del caudillismo de Leguía en 1919, Riva Agüero da por terminados sus sueños. Desde entonces asumirá posiciones cada vez más conservadoras y desfasadas de las expectativas de la juventud del país. Esta deriva política se deja sentir en la imposibilidad de acabar Paisajes peruanos. El intento de concluir este libro en 1931 testimonia la alta estimación que Riva Agüero debe haber sentido por este escrito de juventud, pero el hecho de que no lo entregara a la imprenta nos habla de un impase. Una dificultad que pretende salvar escribiendo un último capítulo: «Impresiones finales». No obstante, el hecho de que incluso así no lo publicara pone de manifiesto que el añadido no llega a representar la solución al problema que dejó al libro inédito. Entonces, hay que preguntarse sobre la naturaleza de esta dificultad, sobre el dilema que enfrentó Riva Agüero y sobre las razones que impidieron que le diera una solución satisfactoria. Me parece que tal dificultad tiene su raíz en el cambio radical de posición política que sufre en la década de 1920. Ya instalado en una posición de abierta simpatía por el autoritarismo fascista y de pérdida de fe en la posibilidad de un proyecto nacional, ¿cómo, entonces, presentar un texto que llama justamente a la construcción democrática de un país integrado? Una posibilidad hubiera sido presentar el texto original como un escrito ya desfasado de su pensamiento actual. Pero rescatable, y digno de ser publicado, por sus méritos literarios, y discutibles ideas políticas, que serían, en cualquier forma, hitos ya superados de su itinerario ideológico. Pero esta solución implicaba explicar su itinerario ideológico. Y esta explicación es justamente la que Riva Agüero no puede dar en una forma convincente. Y no puede darla por la sencilla razón de que su cambio ideológico no resultó de un proceso de esclarecimiento de sus convicciones sino que obedeció al abandono de sus ideales juveniles, al creciente temor que en él despierta el marxismo y la radicalización de la juventud y, finalmente, al apego a sus intereses que las nuevas circunstancias hacían peligrar. Entonces su cambio ideológico, su 162

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx