La urgencia por decir nosotros

dialéctica» en el sentido de Walter Benjamin. La imagen de la india sufriente escapa a las conceptualizaciones tranquilizadoras que el sentido común criollo había producido para dar cuenta de este tipo de situaciones. El estereotipo de «raza abyecta y degenerada» debería bastar para que Riva Agüero no se dejara impresionar por la visión de la india. Pero el mismo hecho de que haya anotado este episodio, aún sin mayores comentarios, manifiesta ya un asombro no resuelto, una duda que perdura y que reaparece en la elaboración de Paisajes peruanos. El racismo criollo, deshumanizante, queda pues cuestionado por la incertidumbre que desata en el ánimo de Riva Agüero el confrontarse con esta desgarradora situación de la que sus acompañantes no se aperciben. Salvando tiempos y distancias, esta situación se puede comparar al choque del sacerdote Camacho con la miseria del Chimbote de la década de 1960. En pleno auge de la pesquería, Chimbote se convierte en la leyenda que atrae a las poblaciones campesinas a la lucha por el progreso. Pero no todos salen adelante. Muchos, muchísimos, quedan en el camino. Sumidos en una pobreza espantosa. Cuenta el padre Camacho que todas sus convicciones se vieron removidas cuando tuvo que ir al velorio de una joven migrante28. Había fallecido dando a luz a su quinto hijo. El esposo y los cuatro hijos estaban abandonados, impotentes. Hormigas y moscas pululaban encima del cadáver, cuya expresión estaba dominada por la mueca de dolor que le produjo el infarto que la mató. De este tipo de imágenes, convertidas en recuerdos desasosegantes, emergerá, justamente en Chimbote, la teología de la liberación. Otra comparación pertinente se puede hacer con la sensación que asaltó a Manuel Lorenzo de Vidaurre en el Cusco, hacia 1810: «Me asombré cuando una india, que apenas pronunciaba unas palabras en nuestro idioma, me dijo en mi estudio, repitiendo sus padecimientos: ¡Qué caro nos han vendido a los indios el Evangelio! Entonces me contraje a explicarle las disposiciones legales vigentes para esa nación y le expuse que los reyes no tenían la menor culpa. Ella se retiró diciendo: Así será pero vemos lo contrario» (citado en Portocarrero, 2010, p. 147). VI La fundación del Partido Democrático Nacional es otro capítulo. Pertenece a una historia que no vamos a contar en este ensayo. A través de la correspondencia con Víctor Andrés Belaunde se puede tener idea del esfuerzo desplegado por Riva Agüero para crear el partido que él creía 161

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