de su viaje: primero, convencer a las élites provincianas progresistas, indigenistas, de asumir el rol de mediadoras activas en la integración nacional. Y, segundo, investigar la cultura indígena en la perspectiva de escudriñar los caminos que permitieran acelerar el mestizaje. Pero, en realidad, Riva Agüero no hace ni lo uno ni lo otro. Se mantiene distante de intelectuales, hacendados e indígenas. Su mirada está enfocada en la historia y la geografía. En realidad, es como si no quisiera ver demasiado. Acerca del mundo humano que lo rodea, Riva Agüero tiene sobre todo prejuicios que dificultan su acercamiento a la gente. Se trata de anticipaciones que provienen del mundo criollo. Pero tenemos que pensar que, pese a la pantalla protectora que esos prejuicios significan, hay algo que impacta a Riva Agüero, algo que es el germen de sus reflexiones posteriores. Riva Agüero ve y siente hechos aun cuando no lo desee. Sobre cuál sería ese «algo», el asunto está abierto a controversia. Pero en principio tendría que ser un vislumbre, o acaso más de uno, impactante y sorpresivo, que trascendiera el sentido común criollo y que se albergara en su memoria resonando constantemente. Entonces debemos tratar de identificar aquello que lo asombra e inquieta. Y en sus apuntes transcribe varias impresiones que registra sin mayores comentarios, pero que podemos suponer como impactantes. Y estas impresiones tienen en común la súbita evidencia de la humanidad del otro. Se trata, por ejemplo, de la «ternura inefable» de algunas muchachas indígenas. O consideremos este pasaje: «Como es fiesta de Corpus, recorren las calles de Abancay pandillas de indígenas ebrios, con disfraces y máscaras. Delante de la Cárcel cuyos altos creo que ocupa el Concejo Municipal, yacía una mendiga, testimonio infeliz del desvalimiento indio. Tendida en el suelo a lo largo, paralítica o entumecida por la fiebre, envuelta en una sucia bayeta, deliraba y se quejaba en sonidos inarticulados; y nadie en la mañana pareció prestarle atención» (Riva Agüero, 1995, p. 61). Esa mujer que sufre y se queja, aparentemente, no llamó la atención de nadie salvo la del viajero que no puede dejar de consignar en su cuaderno de apuntes, para cargo de su memoria, el penoso episodio. En general, la miseria y la desprotección del indio llaman la atención del viajero. Cosas que no deberían ser, sin embargo, son. Y una cosa es haber escuchado y otra, muy diferente, haber visto el desvalimiento ajeno. Aquí pareciera que Riva Agüero se incrimina como testigo involuntario y presunto prójimo. El texto donde el autor se detiene, acaso involuntariamente, en el sufrimiento de la mujer indígena puede considerarse como una «imagen 160
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