IV Para comprender por qué la mirada de Riva Agüero se fija más en el paisaje que en la gente —y más en la historia que en el presente—, en definitiva, por qué no se arriesga a percibir lo nuevo sino que se limita, sobre todo, a comprobar lo consabido, conviene detenerse en el fragmento más polémico de Paisajes peruanos. Se trata de la reflexión en torno a la Independencia que, muy apropiadamente, Riva Agüero introduce en su libro en el momento en que visita la pampa de la Quinua, el lugar donde se libró la batalla de Ayacucho, la victoria que selló la Independencia de las colonias españolas en América del Sur. La resonancia que en su ánimo produce el lugar es «una perplejidad inquieta y triste». Se trata entonces de un espacio que abre interrogantes y cuestionamientos que fuerzan a una lucidez desencantada pero necesaria para tratar de ubicarse en el presente. Las tesis de Riva Agüero pueden resumirse así: la Independencia fue en el Perú, sobre todo, una guerra civil, cuando no una intrusión extranjera24, pues, para empezar, el ejército realista estaba integrado básicamente por peruanos, mientras que el patriota estaba compuesto mayormente por colombianos. «No hay por qué desfigurar la historia: Ayacucho, en nuestra conciencia nacional, es un combate civil entre dos bandos, asistido cada uno por auxiliares forasteros» (Riva Agüero, 1995, p. 142). Esa es la amarga verdad, aunque haya muchos empeñados en negarla. «Entonces se operó en el alma peruana un desgarramiento de indecible angustia. Mientras la mitad, juvenil y briosa, se lanzaba anhelante, con los demás americanos en la ignota corriente de lo porvenir, ansiando vida nueva; la otra mitad, fiel a las tradiciones seculares, perseveró abrazada a la madre anciana e invadida, con la pía y generosa adhesión a la desgracia, que es nota inconfundible de nuestro carácter» (Riva Agüero, 1995, p. 142). Ahora bien, si en el Perú fue tanto el arraigo de la causa realista, ello obedeció a la fuerza, o legitimidad, del vínculo colonial. La Colonia, a pesar de sus abusos —tan poco remediados aún—, no pudo reputarse en países mestizos como servidumbre extranjera. Para el Perú fue una minoridad filial privilegiada, a cuyo amparo […] iban nuestras diversas razas mezclándose y fundiéndose, y creando así, día a día, la futura nacionalidad. Aleación trabajosa y lenta, dificultada por la propia perfección relativa del sistema incaico, que se resistía, muda pero tenazmente, a ser plasmado por una cultura superior […]. En medio de ella nos sorprendió la guerra de la 154
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