caldo de cultivo de la transgresión sistemática de la ley que caracteriza a nuestra vida colectiva. El nacionalismo es la ideología que impulsa la realización de la idea nacional. Supone la identificación-construcción de un «alma colectiva». Una suerte de «esencia» que no se puede definir con precisión, aunque sí puede reconocerse cuando, por ejemplo, nos encontramos con un compatriota fuera del país. En ese encuentro se toma conciencia de lo mucho que se comparte. Y también de todo lo que separa. En todo caso, la afinidad facilita la comunicación. El sentimiento de pertenencia a una nación es medular para la formación de la identidad personal en el mundo moderno. Es decir, ser parte de una comunidad nacional es un vínculo que define en mucho a quienes lo comparten. Todo individuo se desarrolla por medio de la afiliación a múltiples grupos. A través de estos vínculos, interioriza, hace suyos, valores y actitudes que caracterizan al grupo y que pasan a ser el «subsuelo histórico» de su individualidad. Entonces, la familia, el barrio, la escuela, y más tarde el trabajo, son espacios sociales concretos que dejan sus marcas en las personas. Pero estos espacios están permeados por una cultura que los vertebra y que corresponde a la comunidad más vasta en la que ellos están inscritos. Esa comunidad puede ser la tribu o el grupo étnico. Pero en el mundo moderno la comunidad que tiende a prevalecer es la nación. Identificarse con la nación a la que se pertenece es algo paradójico, pues supone la aceptación voluntaria de un vínculo que se ha impuesto, que no hemos escogido. Y esta identificación tiende a ser la más gravitante; es una influencia que confluye decisivamente en la estructuración de la subjetividad de los individuos. De nuestra condición de peruanos, los habitantes de este país no derivamos aún un sentimiento de seguridad y poder. Obsérvese un partido de futbol, una feria de negocios, un encuentro académico: los ciudadanos peruanos no están muy vinculados entre sí, y cada uno no se siente enraizado en una tradición que lo respalda y empodera. Ser peruano no es una situación que se viva con el orgullo que podría merecer. A veces, el alarde chauvinista pretende sustituir a la convicción serena de pertenecer a una comunidad valiosa. Pero la misma exageración propia del alarde pone de manifiesto una debilidad que se quiere ocultar o negar. Esta inseguridad en torno al valor de lo peruano, que cohíbe y limita, nos remite a la precariedad del nacionalismo peruano, aún en pleno proceso de germinación. Nos remite a una sociedad en la que el colonialismo está 14
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