muy interiorizado como un modelo, o ideal, que avergüenza y que arrincona lo indígena, el elemento más original y más reprimido de la historia peruana. Hay muchas clases de nacionalismos. En algunos casos, la función civilizatoria es desfigurada por un desarrollo narcisista. Surge entonces un sentimiento de superioridad, de estar llamado a un destino especial: una vivencia arrogante, de supremacía, que impulsa a la agresión. El nacionalismo adquiere entonces un sesgo regresivo, pues la nación ya no es el espacio inmediato de realización de los ideales universalistas sino una comunidad de gente que se alucina superior. En el caso del Perú esta posibilidad regresiva no representa un peligro mayor. Más bien ocurre lo contrario: en nuestro país el nacionalismo no ha logrado aún cumplir su función civilizatoria. Poca es la solidaridad y mucha la desigualdad. Entonces la reivindicación nacional se vincula a la lucha por la inclusión social y por la cristalización de un orgullo bien fundado, que recoja la originalidad de los aportes que se han hecho desde esta parte del planeta. El nacionalismo peruano no podrá basarse en una idea mística de raza, ni siquiera en la postulación de un fenotipo «oficial», pues así se marginaría, y se haría invisible, a demasiada gente. Tendrá que fundamentarse en una mezcla entre las tradiciones que compartimos, o que hacemos nuestras, y el propósito de vivir juntos bajo el imperio de una ley y un Estado. Una vida colectiva inspirada en los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Solo así, desde la imagen de una nación reconciliada con su pasado, y comprometida con su futuro, será posible una colectividad tolerante con su diversidad, capaz de emprendimientos colectivos, y que impulse en sus habitantes un sentido de potencia, pues en estas tierras ya se ha hecho bastante y ello es un buen augurio de que se podrá hacer más. La reflexión sobre cómo apresurar la cristalización nacional ha sido una constante en la historia peruana, pero los momentos culminantes de esta reflexión han respondido a etapas graves y traumáticas. La post-Guerra del Pacífico enterró las ilusiones de un progreso rápido, basado en las riquezas del guano y el salitre. El mismo conflicto puso en duda la existencia de una nación hizo evidente la fragmentación étnica en la sociedad peruana. En la década de 1920, el tema recobró urgencia con los cuestionamientos indigenistas del proyecto criollo. Otro tanto está ocurriendo en los tiempos que corren a raíz de los cambios sociales masivos traídos por la explosión demográfica y el crecimiento de las ciudades. Y, también, por la sangrienta insurrección de Sendero Luminoso y la respuesta violenta del Estado y de 15
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