La urgencia por decir nosotros

de González Prada, se proyecta en una impaciencia por moralizar la vida pública, por hacerla más acorde con la legalidad republicana. No es entonces casual que la Asociación Pro-Indígena comenzara a tomar vuelo hacia 1912 y que lo medular de su acción fuera la defensa de los indios desde una exigencia por cumplir con la normatividad vigente. Aunque González Prada no haya logrado avizorar un proyecto de nación, sí le cupo el inmenso mérito de identificar los vacíos de la propuesta criolla y, por tanto, de convocar a los indigenistas a imaginar una nación peruana que fuera más congruente con su historia y sus posibilidades reales. Acabo este ensayo remarcando mi gran admiración por Manuel González Prada. Su enunciación veraz y sin concesiones, su prosa cuidada, sus frases intempestivas y resonantes, la facilidad de su lectura; todo ello hizo que lo leyera desde niño. No obstante, me resultaba difícil comprender cómo un escritor tan moral y brillante podía ser, también, sarcástico hasta la procacidad. Es el trasfondo inconsciente de su obra: la herencia criolla que él quiere recusar pero que involuntariamente continúa. He regresado muchas veces sobre sus ensayos y he escrito varios trabajos sobre su obra. Y si en Palma admiro su humor risueño, en González Prada me entusiasma su capacidad de indignarse, su convocatoria a «romper el pacto infame de hablar a media voz». Si Palma logra un gran reconocimiento, pese a la modestia de su origen, es porque persuade a la sociedad limeña y peruana de que es posible una comunidad, pues a la larga somos más iguales que diferentes. Y si no es menor el reconocimiento de González Prada, es porque, desde un sentimiento de culpa transformado en responsabilidad, hace evidente a sus contemporáneos aquello que Palma oculta, o no le da importancia. Me refiero a la injusticia y la corrupción como vicios entramados, naturalizados, en la cotidianeidad de las costumbres. Entonces, después de todo, quizá Palma y González Prada no sean tan antagónicos como pudiera parecer. Hasta puede pensarse en una secreta división del trabajo: mientras Palma enfatiza la posibilidad de un nosotros, González Prada critica la insuficiencia de esa posibilidad, lo lejos que aún está para establecer un nosotros veraz, realmente fundamentado. Palma y González Prada son los iniciadores de tradiciones muy distintas; no obstante, no fueron enemigos públicos. Es cierto que González Prada escribe algunas frases hirientes sobre la obra de Palma. Y lo es también que Palma gustaba de remarcar la inconsecuencia de que un hombre mayor y de origen aristocrático llamara a la juventud a una acción 144

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx