opresores. Si el indio aprovechara en rifles y cápsulas todo el dinero que desperdicia en alcohol y fiestas, si en un rincón de su choza o en el agujero de una peña escondiera un arma, cambiaría de condición, haría respetar su propiedad y su vida. A la violencia respondería con la violencia, escarmentando al patrón que le arrebata las lanas, al soldado que le recluta en nombre del Gobierno, al montonero que le roba ganado y bestias de carga… En resumen: el indio se redimirá merced a su esfuerzo propio, no por la humanización de sus opresores. Todo blanco es, más o menos, un Pizarro, un Valverde o un Areche. (González Prada, s/f c). Tomadas literalmente estas frases equivalen a negar la posibilidad de un futuro nacional para el Perú. El único horizonte que se abre es la guerra civil, la lucha de los indios contra los blancos. Y en esa lucha el corazón de González Prada está a favor de la justicia, contra la clase de los blancos a la que él mismo pertenecía. Claro que estas frases pueden leerse como una exageración polémica destinada a sensibilizar la conciencia de los opresores. Pero, de cualquier manera, es claro que la construcción de la nación se plantea como una tarea ardua. Incluso es visible una cierta vacilación, pues si bien en un inicio se menciona la posibilidad de una reforma, basada en un cambio en el «corazón de los opresores», hacia el final se vuelve sobre una visión esencialista de lo blanco, desde la cual todo cambio pacífico es imposible. Pero González Prada conocía muy poco la realidad del indio. Su posición es principista y resulta más de una justa indignación que de un adentrarse en las posibilidades de cambio presentes en el mundo indígena. En realidad, a partir de su diagnóstico —los blancos son desalmados y los indios indefensos— no se abría ningún horizonte de un futuro diferente para el país. Más allá de su apasionamiento, podemos decir que haber iluminado el racismo que el proyecto criollo pretendió ocultar fue una denuncia eficaz, pues habría de desestabilizar la dominación aristocrática, denunciando su trasfondo inhumano, intolerable para cualquier persona con un mínimo de valores e integridad. La simpatía por la víctima impulsa un acercamiento y revaloración de lo indio, fenómeno que es muy evidente en las élites educadas de principios del siglo XX. Surge entonces, con el indigenismo, una sensibilidad estética más abierta a la belleza creada por los pueblos indígenas en milenios de historia. Allí está como precursor Francisco Laso y como cristalización más definitiva e influyente la obra de José Sabogal. De otro lado, este mismo impulso a la veracidad, tan central en la prédica 143
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