La urgencia por decir nosotros

en el pecho de los blancos y, de otro lado, lo mismo ocurre con la compulsión a la obediencia en el pecho de los indios. Cuando Weber conceptualiza el feudalismo en Europa considera que un elemento fundamental en la relación entre el señor y el siervo es la piedad, la existencia de una «comunidad de sentimientos» que implica que el señor sabe que el siervo es un ser tan humano como él. Hay, entonces, una empatía que impide la cosificación. Para el señor, el siervo «no es un animal o máquina». Puede «apiadarse de él». Esta situación atempera la severidad de sus exigencias. No sucede lo mismo en contextos de «feudalismo colonial», concepto teorizado por Pablo Macera (1977). Aquí, el otro, en este caso el indio, no es considerado parte de la comunidad a la que pertenece el señor. No hay piedad, ni empatía. El siervo no puede esperar ninguna benevolencia, pues sus sentimientos son ignorados, es desconocida su condición humana. En realidad «el feudalismo colonial» implica la radicalización del sistema vigente en Europa. El diálogo es imposible y lo que prima es el libre arbitrio del poderoso, único soberano. En todo caso, se interpela al indio como un mártir que, a través de un sufrimiento, que tendría que ser gozoso, puede redimirse de su «pecado original, su paganismo». La resistencia empieza con una maldición: balada «Canción de la india» En esta balada, González Prada imagina la actitud de una mujer indígena frente al secuestro de su esposo que es conducido por los españoles para combatir en una guerra contra su propio pueblo. La mujer trata de salvar a su esposo. La idea es huir. No obstante, el plan se frustra, es demasiado tarde. Los blancos, «Te embisten airados,/ Te cubren de injurias,/ Te ligan las manos./ ¿A dónde te arrastran/ A modo de esclavo?/ ¿A dónde te llevan/ Cual res de un rebaño?/ Te llevan, te arrastran, / A luchas de hermanos/». La esposa acompaña a su secuestrado marido y dice: «Tú matas y mueres/ En lucha de hermanos./ Yo beso tu herida,/ Yo gimo gritando:/ “¡Maldita la guerra!/ ¡Malditos los Blancos!”». González Prada imagina en esta balada el comienzo de una resistencia. Existe no solo una conciencia de injusticia sino que también está presente la posibilidad de una acción: huir de la amenaza que representan los blancos. Pero el plan fracasa. No obstante, en vez de resignación encontramos odio y maldiciones. La india no es una víctima que se 138

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