pues las aguas se llevaban sus culpas. Se obtenía así la ansiada reconciliación. Pero en este caso el ritual no funciona, acaso porque no hay un auténtico dolor y arrepentimiento. En realidad el inca volvería a hacer lo mismo. Puede en él más la ambición que el amor a su hijo. Y su apuesta a estar por encima de las leyes no tiene éxito porque los dioses a través de su mensajero, el cuervo, hacen evidente lo insensato de su posición. Habrá logrado su objetivo pero no podrá evadir la culpa, ni el consiguiente desprestigio que su crimen le acarrea. Esta balada implica una desmitificación del Imperio de los incas como fundamentado en una autoridad fuerte pero justa y benevolente. En efecto, en el relato la autoridad del inca no tiene contrapesos en la sociedad, es absoluta, pero de ninguna manera justa ni benevolente. Entonces lo que esta narrativa plantea es otro anacronismo. Desde la crítica democrática, se imagina que el despotismo crea problemas de conciencia en quien concentra el poder y actúa arbitrariamente y, de otro lado, problemas de legitimidad, pues su injusticia termina por hacerse pública, minando su autoridad. Se trata de una crítica al imperio desde la constelación de valores en la que González Prada se sitúa. La negación de los valores cristianos: balada «Caridad de Valverde» En este poema, González Prada imagina la relación entre el cura Valverde y el conquistador Francisco Pizarro en el momento en que se decide la muerte del inca Atahualpa: «Juntos Valverde y Pizarro, / En afable unión, alternan/ De negocios de las indias, / De Atahualpa y su sentencia». El ánimo de Pizarro es dubitativo. Algo lo detiene y no se decide a ratificar la sentencia de muerte del inca. En este momento, Valverde lo increpa y dice: «¡Muerte al Inca, muerte al Inca/ Y, si temes y flaqueas,/ Apercíbeme la pluma:/ Yo firmaré la sentencia». El título de la balada «Caridad de Valverde» es pues irónico. Mientras que Pizarro duda de la justicia del magnicidio, el cura Valverde no tiene escrúpulos. Su «caridad» es su prestancia para matar, su falta de conciencia. Para ambos lo importante son los negocios. Sin embargo, en Pizarro queda un atisbo de conciencia que no está presente en el cura Valverde. Esta situación pone en evidencia el cinismo del cura y cuestiona el rol de la Iglesia en la Conquista. Resulta que quien debería ser el guardián de la moral termina siendo su trasgresor más decidido. Su conocimiento del evangelio no inhibe su feroz ambición. 136
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