El curaca alivia su dolor: «Hallo en medio de mi pena/ Una gran consolación:/ Si te fuiste y no eres mía,/ No serás del español». En esta balada, la imposibilidad del mestizaje remite a la decisión inquebrantable de los nobles indígenas de impedir cualquier vínculo con los españoles. Prefieren ver a sus hijas muertas antes que casadas con los vencedores. Nuevamente se reitera el anacronismo del amor romántico y se ignora la estrategia de la nobleza indígena de forjar vínculos con los nuevos amos. Es como si González Prada rechazara el mestizaje y colocara ese rechazo en la sociedad indígena y en la sociedad española. La desmistificación del Imperio incaico: balada «La confesión del inca» En esta balada queda claro que para González Prada la crítica a los conquistadores no significa compartir la idealización del Imperio de los incas elaborada por Garcilaso de la Vega. Por alguna razón, el inca ha envenenado a su hijo y ahora pretende lograr paz en su conciencia sin que haya de por medio un sincero arrepentimiento. El rito consiste en lavarse la frente y las manos y exclamar en voz alta: «Dije al sol mi enorme crimen,/ Recibe el crimen oh río:/ Ve, y sepúltale en el fondo/ De los mares cristalinos». No obstante, esta confesión es oída por un cuervo que proclama en su graznido: «El monarca es filicida: /Dio mortal veneno al hijo». Entonces, el crimen del inca ya no es un secreto, pues mucha gente ha oído al ave. Y la respuesta del soberano es ordenar a sus arqueros que maten al delator. Finalmente, la confesión no llega a ser exitosa pues el inca no puede olvidar su crimen: «Mas, de entonces, el monarca/ Vive mudo y pensativo, /Que la voz tenaz del cuervo/ Repercute en sus oídos». Por alguna razón que no se menciona, el inca ha envenenado a su hijo. Y pretende que su crimen sea ignorado por sus súbditos y hasta olvidado por él mismo. Hay un ritual específico que permitiría lograr ambos objetivos. No obstante este ritual fracasa pues el filicidio es conocido por muchos y, de otro lado, él tampoco logra la anhelada paz en su conciencia. En realidad, el inca ha actuado contraviniendo las leyes de su sociedad en la falsa expectativa de que su crimen permanezca impune. No se trata entonces de un padre modelo, de una autoridad justa. No está demás decir que el ritual que imagina González Prada estaba descrito por Garcilaso de la Vega. A las orillas de los ríos, los hombres andinos manifestaban sus delitos, se «confesaban» y se «purificaban», 135
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